Leila Guenther (Blumenau, Brasil 1976) y Elena Digina (Moscú, 1957)

Leila Guenther (Blumenau, Brasil 1976) Formada en Letras en la Universidad de São Paulo, Brasil. Sus libros: O voo noturno das galinhas (Ateliê Editorial, 2006), traducido al español (Borrador Editores, 2010), la edición artesanal de Este lado para arriba (Sereia Ca(n)tadora, Babel, 2011) y Viagem a um deserto interior (Ateliê Editorial, 2015). Participó de antologías como 50 versões de amor e prazer: 50 contos eróticos por 13 autoras brasileiras (Geração Editorial, 2012), Cusco, espejo de cosmografías: antología de relato iberoamericano (Ceques Editores, 2014) y 70 Poemas para Adorno (Nova Delphi, 2015).



NAUFRAGIO


Él lloraba y no había nada que yo pudiese hacer. “Estoy enfermo”, pensé. Aquella dificultad de discernir lo real de lo onírico volvía. Y también la sospecha de que otro estuviese en mi lugar, mientras mi yo vagaba por ahí sin rumbo, secuestrado de mí. De nuevo aquel sentimiento extraño de no reconocer lo que volvía: constatar la inutilidad de los cuchillos, de los gestos, de las palabras y sus acentos, y no saber cómo usarlos más. Bastaba un pequeño cambio en el horizonte, incluso lo previsible, para perderme una vez más, sin garantía de encontrarme, algún día, en la sección de los hallados. De nuevo la pesadilla crónica de estar hundiéndome, inmóvil, al punto de no ver más la arena. A lo lejos, una música decía, melancólica: “y todo lo que yo te puedo dar es la soledad con vista al mar”. Pero, de repente, me encontraba en tierra firme, recuperando el aliento, intentando desviarme de aquellos ojos que, húmedos, me recordaban vagamente al océano en cuyo fondo silencioso yacen los ahogados.




Elena Digina (Moscú, 1957). Estudió economía. Estudios en filosofía pitagórica. En 2012 con la invitación de sus amigos llegó a Venezuela, Isla de Margarita, donde reside actualmente. La actitud filosófica hacia la vida combinada con el aire místico de América Latina dio sus frutos de las primeras pruebas literarias.

Traducción por Olga Slyunko.



EL FUNERAL

Como si me hubiera muerto.
Bueno, no hay ninguna duda, soy yo. Y los olores de las preparaciones de las exequias están por vislumbrarse. Empezará a surgir de no sé dónde un grupo de familiares… A propósito, ¿estoy yo muerta o serán ellos?
    De todas formas ya se sabe qué es lo que va a suceder ahora, sólo falta oprimir un botón. Bueno, pasará o no, todavía no se sabe, pero parece que nadie me ha notado todavía, y entonces  todo está pendiente en algún nivel y tengo un poco de tiempo para mí.
    Entonces. ¿Qué cambió? Todavía no noto ninguna diferencia. Puedo interactuar, hablar con la gente, lo más importante es que no sean “familiares y allegados”,  ellos sí van a echarme el gancho sin falta. Lo único que adquirí es mi cuerpo muerto. Aquí está, acostado al ladito.
    ¡Alto! Parece que sé lo que hay que hacer. Tengo que ENTERRARLO YO MISMA. Es lo primero. Y lo segundo – yo sé dónde hay que hacerlo. Hay que arrastrarlo sí o sí hasta aquel lugar donde me encontré con la muerte por primera vez. Y experimenté un horror inhumano incomprensible que duró por años. Al menos eso lo recuerdo muy bien. Tenía ocho-nueve años. Murió mi tía de cáncer. Y por primera vez en la vida me encontré en la iglesia y de una vez en la misa del entierro. Como piedra caída del cielo en mi niñez ateísta. Entonces hay que ir a esa iglesia. Y enterrarlo por ahí cerca.
    No hubo ningún problema con el ataúd. Lo compré rapidito, gracias a Dios ahora en Moscú se puede comprar lo que sea, sólo necesitas tener la plata. Y sin preguntas innecesarias. Lo acomodé todo, el tamaño quedó bien, y todo tan limpiecito, arregladito. Carajo, ¿quién está haciendo todo eso? ¿Soy yo? Caramba…
    De alguna manera quepo toda en la bolsa, y no es pesado cargarlo, verdad es que se ve voluminoso, y está a punto de romperse la bolsa, pero no importa, lo cambiamos en el camino.
    Ya, listo, ahora hay que buscar la iglesia. Dios mío, ¿pero dónde está? Recuerdo que estaba entre Paveletskaya y Novokuznetskaya[1]. El barrio pequeñito, ¡pero como ha cambiado! Lo rehicieron por completo, pero mis puntos de referencia que son los nombres, Paveletskaya – Novokuznetskaya, están ahí, con eso está bien. El plan es fácil. Aquí en este palmo de terreno debe haber cinco iglesias. Hay que preguntar, todavía está claro, alcanzo a andar todo, y con la mirada lo recuerdo.
    Bueno, parece que ya tengo prisa, debo aprovechar antes de que se haga oscuro. Y el resto también empieza a desgastarse. La bolsa está toda arrugada, el ataúd ya se nota, la verdad es que se achicó, y ahora está hecho de plástico azul. Dios mío, mientras lo llevo, ¿qué estará pasando ahí adentro? La tapa todo el tiempo se corre. Pero hasta ahora todo está organizado muy bien. “El cuerpo” se comprimió de alguna manera y se corrió, y ahora está al lado de él una escultura pequeña de la Virgen, como en muchas casas en Venezuela – parece una muñeca en ropas blancas.
    ¡Ay, carajo! Ya alguna vieja quiere meterse a mirar. Una vieja sencilla, del campo. Sólo que en ese lugar moderno las señoras más sencillas son las más brujas. La culebra está mirando de reojo a mi maleta, y veo que está muy ansiosa por saber con qué cosa estoy andando por aquí. Pero no, mi amor, eso no es asunto tuyo. Y con mis preguntas le miro directo a los ojos: ¿Sabe dónde están las iglesias? ¡Jah!, ella sí que sabe, me lo contó todo de inmediato.
    Al fin encontré la mía. A decir verdad es difícil de juzgar si logré hacer todo. Hoy en día “hasta en la iglesia todo es al revés”, pero algo sí salió bien, porque lo siguiente que recuerdo es arrastrar mi carga para taparla. Ya está oscureciendo y no está nada claro cómo voy a hacer todo eso. Hay que escavar la tierra, pero está todo asfaltado alrededor… No hay tiempo para pensar. De alguna forma lo haré.
    Pero eso ya es otra historia.







[1] Paveletskaya y Novokuznetskaya son estaciones del metro de Moscú.

Miguel Antonio Chávez (Guayaquil, Ecuador, 1979) y Boris Landa (San Petersburgo, 1948)

Miguel Antonio Chávez (Guayaquil, Ecuador, 1979) es un escritor y gestor cultural ecuatoriano. Estudió Comunicación Social con especialización en Redacción Creativa (Universidad Casa Grande) y Relaciones Internacionales y Diplomacia (Universidad de Guayaquil). Trabajó como redactor creativo en las agencias de publicidad de su país natal. Posteriormente, se dedicó a la gestión cultural en el sector público. Sus obras: Círculo vicioso para principiantes (cuentos. Cuenca, Ecuador, 2005). La maniobra de Heimlich (novela. Lima, Perú, 2010; La Habana, Cuba, 2013) La kriptonita del Sinaí y otras piezas breves (teatro. Quito, Ecuador, 2013) Conejo ciego en Surinam (novela. Penguin Random House Grupo Editorial Bogotá, Colombia. 2013).


AVENTURAS DE UN GRUPO DE BECARIOS EN UNA UNIVERSIDAD NORTEAMERICANA

Anelius Borda llegó con las viandas que le hacían falta a su papá, y lo sorprendió leyendo un libro de relatos de Rodrigo Rey Rosa. Anelius le preguntó por él ya que nunca lo había leído.
–Lees pendejadas de vieja, por eso no sabes quién es. Irónico que yo sepa más de narrativa contemporánea que tú. Hay un cuento en este libro, La niña que no tuve, es una bala tierna al alma. Una niña con una enfermedad terminal que a ratos parece más inteligente y madura que su padre para afrontar la situación. Joyita nihilista. Si pudiera escribir haría un ensayo sobre ella.
–Escríbelo y ya.
– ¡Ja! Me habla el nene Reader's Digest. ¿Crees que esto es cosa de soplar y hacer botellas?
Anelius Borda iba a contarle de su invitación a Idaho pero sintió que sería inútil. Lo miró fijo como él le había enseñado a mirar a los perros para intimidarlos. En el barrio en que creció había muchos de ellos, sin dueño la mayoría. Luego de las interminables inyecciones antirrábicas alrededor del ombligo por las que tuvo que padecer el pequeño Anelius, su padre trató de llenarlo de valor enseñándole aquel secreto para que no volviera a ser presa fácil. Lo sentó y se lo contó como si se tratara de una revelación mesiánica.
Crack.
–Mi estómago…
–No estás enfermo, papá. Tú lo sabes.
–Estoy más flaco, ¿no te has dado cuenta?
–Porque no comes, eso es todo… –Anelius se sobresaltó al revisar la pila de libros que tenía junto a su sillón como si fuera agente antinarcóticos o, literariamente hablando, algún bombero piro maniaco de Fahrenheit 451–,… El mal de Montano, La náusea, La amigdalitis de Tarzán: ¿qué es esto: literatura para hipocondríacos? ¡Cómo no te vas a sugestionar!
–Es cierto, no estoy enfermo. Es más difícil de entender de lo que piensas.
–Inténtalo.
–Los cristianos, en su Nuevo Testamento, tienen las epístolas de Pablo; en una de ellas él dice: Vivo, mas no yo, es Cristo quien vive en mí. Bueno, yo puedo decir que alguien realmente vive en mí, a quien puedo sentir y con quien a ratos hasta puedo hablar.
–Dile a tu amigo imaginario entonces que te haga también las compras de la semana.
–Anelius, no me estoy quejando, solo quiero que me dejes tranquilo.
–No te entiendo, entonces para qué me llamas sollozando como moribundo.
De súbito el viejo empezó a retorcerse, se agarró del estómago, como si estuviera sobre el lomo de una serpiente marina. Pero el viejo parecía ducho en las maniobras de ese tipo de exorcismo, hasta que se incorporó y dio un largo respiro. Sudaba.
–Ya pasó… La hiciste enfadar, no le caes bien.
– ¿De quién coño me hablas?
El viejo le habló de su huésped interno, una especie tan antigua que hasta Hipócrates, Aristóteles y Teofrasto hablaron de ella y a quien llamaron platelminto, por su parecido con cintas o listones. Luego Celso y Plinio el Viejo acuñaron la expresión en latín “lumbricus latus”, gusano ancho. Pero tuvieron que pasar siglos hasta que Carlos Linneo incluyera en 1758 en la décima edición de su Systema Naturae a la Taenia solium.
–Cuando se lo conté a ella por primera vez, le dio gusto conocer la historia de sus ancestros. Bueno, digo ella como un convencionalismo mío, porque es hermafrodita... El punto es que le encanta que le lea, de hecho siento que ya no leo para mí sino para ella: con sus ventosas no solo absorbe mis nutrientes sino también mis conocimientos. ¡De ese modo hablamos un mismo idioma y nuestros temas de conversación no se agotan!
Anelius no sabía si compadecer o sentir coraje por esa bizarra relación filial que su padre tenía con una lombriz asquerosa que era capaz de crecer hasta 10 metros de largo, alojarse en los intestinos y que solo podía expulsarse por vía anal, y cuyos huevecillos microscópicos liberados en el ambiente podían ascender a millones. De todos modos, ¿cómo lo podía saber el viejo si él no se había practicado un examen, o al menos eso es lo que Anelius creía? Una situación tan confusa como esta lo obligaría a estar más tiempo con él y posiblemente podría malograr su viaje a Idaho.
– ¿Por qué esa cara? Todos en esta vida hemos sido parásitos de un organismo superior. Tú, por ejemplo, parásito de mis lecturas.
– ¿Por qué me haces esto, papá? Justo ahora, que tengo un viaje muy importante.
–Viaja, hombre, viaja, que eso es lo que te hace falta, dejar las revistas de salas de espera, conocer más el mundo.
Timbre.
– ¿Esperas a alguien?
–Ah, sí. Unos amigos. Nos reunimos a esta hora.
– ¿Amigos? Tú nunca recibes a nadie.
Entraron, en bloque, eran hombres y mujeres de distinta edad. Saludaron al viejo palpándole el estómago y este les devolvió el saludo de la misma manera, pero por los gestos y movimientos de los visitantes, no se asemejaba a un gesto espontáneo de afecto sino más bien al código establecido en una cofradía secreta. Se sentaron, y sin que el viejo se los dijera, miraron brevemente hacia Anelius –que estaba junto a la ventana– con una mezcla de curiosidad y desconfianza, hasta que regresaron a sus asuntos y lo ignoraron por un momento. Hablaban pero no hablaban; de ellos mismos, es decir. Era como si se proyectaran a través de sus vientres y no de sus bocas. Lo único que hacían era servir de intérpretes a una voz de su interior, y lo exteriorizaban en palabras sucintas para que lo supieran los demás, aunque no parecía ser necesario. Decir telepatía quizá era lo apropiado. Decir que eran seres solitarios, también. Y también que las solitarias en pleno tomaron una decisión trascendental para su futuro. Y que Anelius Borda estaba con prisa y su vuelo no esperaría. Y que ahora ellos, ellas o lo que fueren, escuchaban gratis clases magistrales en Idaho, Wisconsin, Gales, Oslo y San Petersburgo para hacer algo en sus largos ratos de ocio.




Boris Landa (San Petersburgo, 1948). Nació hace mucho tiempo. Estudió bastante, se casó muchas veces, trabajó poco, ha vivido por aquí y por allá. En este momento reside con los amigos en la Isla Margarita, Venezuela, donde estudian filosofía en la escuela de Pitágoras.

Traducción por Olga Slyunko.


EL PLUTONIO

Yo estoy con el grupo de físicos rusos en el laboratorio de Los Palamós en Nuevo Méjico. Los lugares mágicos inalcanzables – cañones, mesetas, cuevas, ruinas de santuarios indígenas y símbolos rupestres de las antigüedades milenarias. Cincuenta años atrás aquí se creó la primera bomba atómica.
Un físico americano, nuestro huésped, abre un armario de vidrio y pregunta: ¿quieren sostener en las manos el plutonio? Aprovechando mis conocimientos del inglés antes que alguien responda rápidamente digo: yes. Él saca un cofrecito del armario, del cofrecito – un cilindro metálico del tamaño de un encendedor.
Él pone el cilindro en mi palma extendida. Por el peso inesperado la mano baja. El Plutonio está en mi palma. Cálido. Suave, estable, constante. No es el calor de una tetera o de un gato. Es diferente. No es calor de algo sino el calor como tal. Irradiación. Y algo parecido a la felicidad. A una risa iridiscente de un niño o una mujer que suena en alguna parte aguda modular estridente.



EL CARTEL

Muchos me difaman
Y ahora me afanan.
¿Por qué bromeo feo?
Qué les importa – así lo quiero.
Aleksandr Serguéyevich Pushkin[1]


 Estoy con el grupo de físicos americanos en Chernobyl, unos diez años después de la catástrofe. Estamos amontonados en un ex taller enorme, donde están ahora los contenedores entre el óxido y el sucio de los químicos líquidos de baja radiación. Los invitados americanos están interesados en las condiciones de su almacenamiento. Los anfitriones rusos están explicando, yo traduzco. En la pared está colgado un cartel soviético antiguo de los tiempos anteriores a la catástrofe: un obrero dibujado y las letras impresas llamando a la seguridad en la producción. Miro con los ojos desorbitados el cartel. Lo admiro. Literalmente lo deseo.
El cartel abandonado, descolorido, que no sirve para nada lo quitan de la pared y entregan fácilmente a un tal extranjero, tal honrado, tal invitado.
Me doy cuenta de que el cartel es radioactivo, por eso tiene mucho más valor para mí que su calidad artística. Quiero que irradie en mi habitación en el hotel de Chernobyl, en mi maleta, entre calzones y camisas, en la casa de Nueva York. ¿Para qué? El cartel se siente muy diferente del plutonio: no es puro ni alegre. Pero quiero conocer lo que Tú conoces. Sí hay una diferencia entre nosotros, incluyendo la dosis, que yo no puedo recibir ni menos sobrevivir. El cartel es un chance de tocar algo. Comulgar. Por eso no me limpio los dientes y estoy calvo, me dejo crecer una trenza y la ato con un moño en la nuca al frente del espejo, apareciendo ahí como un bobo. De verdad se ve como una bobada – querer ser Tú. Pero, ¿qué les importa? Así lo quiero. Y no existe un artículo así en el código penal – pueden abrirlo en cualquier página. Allá está escrito entre las líneas con la tinta invisible – el amor es la única razón de la muerte.


MI PRIMER CANTO GLORIOSO

Siempre estamos acampando...
Bulat Okudzhava[2]
   

     Entré a primer año en la universidad americana: tenía veintiocho, y estudiaba con los de dieciocho. El inglés estaba incluido en el programa obligatorio. La simpática, inteligente, con buen sentido de humor, mi contemporánea filóloga, no sé cómo más llamarla, nos dio la tarea de escribir una composición con un tema libre. Filología es el amor a la palabra, a la literatura. Y ella lo tenía. Y había una sencillez, donde uno podía respirar con calma, donde no hay espacio a los pensamientos perversos. Nos encontrábamos solamente en el salón – dos adultos acompañados con los niños. Los niños no nos molestaban. Eso es difícil de interrumpir. Yo no sabía nada sobre ella, ni ella sobre mí. Estábamos suficientemente cercanos para no dañarlo con el conocimiento personal excesivo. Yo también le caía bien. Quería escribirle algo notable, algo que no conociera. Digamos, algo masculino y ruso. Pensé en escribir sobre las marchas peligrosas, sobre El Ural Sub-Polar[3] y Carelia[4], sobre las valsas rompiéndose contra las rocas, sobre canoas hundiéndose entre los rápidos, sobre el hambre, el frío y la hermandad. Así lo pensé. Pero salió diferente. Escribí sobre lo mejor que había en aquella vida que parecía haberse esfumado para siempre. Sobre Ti. Era un canto glorioso, aunque en aquel entonces no sabía nada sobre eso. Escribí sobre ti mujer, quien me regalaba un inglés sencillo noble y musical. Su inglés. Era un idioma imperceptiblemente femenino. Y la voz, que uno quería escuchar y regresar a su lado. Qué bueno que no recuerdo, que nunca sabía su sencillo nombre americano, con el que la cargaron los gentiles padres de Oklahoma o Nebraska. Aunque no creo que tuviera padres ni nombre. Pero ¡como lo pronunciaba! – “me llamo…”. Dios mío, ¡qué cosa puede hacer la entonación entre las personas! ¿¡Y el tono?! Una confianza increíble surge a pesar de todo. Surgió entre nosotros dos, y le confié lo mejor que tenía. Y me puso la mejor nota.
Era un canto glorioso convirtiéndose lentamente al discurso fúnebre, ya que al final de la composición supuse que ya te habías entregado al alcohol o lo estabas haciendo. Te enterré. Era claro que no íbamos a vernos de nuevo. Era el sufrimiento sincero y gratis a la cuenta del difunto. La juventud imaginándose madura se pone una máscara trágica, pensando que eso le gusta a una mujer.
La ortografía y puntuación de la composición eran perfectas, porque la revisó mi educada esposa americana. Pero me pareció que ella no quedó contenta con mi obra maestra literaria. Exactamente en aquel momento estaba construyendo un nido para los planificados pero todavía no concebidos pajarillos, y en la composición había alguna frase diciendo que en el único lugar donde me sentía en casa era cuando salía a acampar contigo. Eso la inquietaba. Más que pasadas, futuras o imaginarias mujeres.Era una acatista,
Ahora se fueron todas. Las pasadas, futuras, las primeras y últimas. Y seguimos en marcha. Eso no cambió. Cambió la marcha y nosotros. Resulta insignificante que estamos en diferentes continentes, que cuando tú estás de día, estoy de noche, y quien se da a la bebida. Y cuando no estoy en casa significa que no estoy contigo, no estoy en marcha, ocupado con cualquier maricada, conmigo mismo, con lo mío.
Quiero estar en casa. Tiene que ser algo sencillo. Habrá una voz, un aliento suave, filología. Y habrá un mar de aguardiente, aunque nunca lo habíamos llevado al campamento. Y vamos a pensar qué cosa ahogar ahí. Para empezar algo insignificante: ¿a nosotros, continentes, zonas horarias? ¿La magia negra y la brujería femenina? Vamos a pensarlo.




[1] Aleksandr Serguéyevich Pushkin (ruso: Александр Сергеевич Пушкин; Moscú, 26 de mayo./ 6 de junio de 1799.-San Petersburgo, 29 de enero/ 10 de febrero de 1837.) fue un poeta, dramaturgo y novelista, fundador de la literatura rusa moderna. Su obra se encuadra en el movimiento romántico.
[2] Bulat Okudzhava (ruso: Булат Окуджава; Moscú, 9 de mayo de 1924 – París, 12 de junio de 1997) fue un cantautor ruso de origen georgiano, uno de los fundadores del género ruso llamado «canción de autor». Escribió unas 200 canciones, mezcla de la poesía y las tradiciones folclóricas rusas y el estilo chansonnier francés.
[3] Los montes Urales (en ruso, Ура́льские го́ры, Urálskiye gory) conforman una cordillera montañosa que se considera la frontera natural entre Europa y Asia
[4] Carelia, o Karelia es una región histórica-geográfica situada en Europa nororiental, patria de los carelios, un pueblo que vivía en una vasta área actualmente compartida entre Finlandia y Rusia.

Griselda García (Buenos Aires, Argentina 1979) y Olga Kalmykova (Ivánovo, 1979)

Griselda García (Buenos Aires, Argentina 1979) Escritora. Co-dirigió la editorial de poesía La Carta de Oliver. Es colaboradora de la revista de poesía La Guacha. En la actualidad se dedica al dictado de talleres literarios de escritura creativa, narrativa y poesía. Poesías: Alucinaciones en la alfalfa (2000) El arte de caer (2001), La ruta de las arañas (2005), El ojo del que mira (2009). Narrativas: Hermanas Ninfas (1998), Sandra (1999), Todo es extraño a mis ojos            (1999), La madre del universo (2012). Mi pequeño acto privado (2015) y Ahora (2016).



SU SOMBRA

El flaco vivía en la parte de atrás de un taller mecánico. Yo a veces iba y le cocinaba. El olor a aceite de auto era constante. No tenía ollas, así que usaba una lata de dulce de batata. Esa tarde él no había llegado. Me quedé charlando con Néstor, el mecánico. Estaba desarmando un motor.
 — Cebate unos mates, nena. La Loba se ponía cerca para que le hiciera caricias. Hablamos del clima, de las últimas peleas de Iván. Le pregunté:
 — ¿Tus chicos, bien?
 — Al que no veo bien es al Iván. El flaco venía de una buena racha, así que no entendí.
 — ¿Pasó algo? Néstor apuró el sorbo. Miré sus eternas uñas negras.
 — Anoche estaba yendo para casa cuando me avivé de que no tenía los papeles del auto, volví para acá y cuando entré él estaba entrenando, no me vio. Me quedé espiándolo porque es sensacional...
 — No podés dejar de mirarlo.
 — ¡Es un espectáculo! En eso escucho unas voces, creí que tenía puesta la radio, pero no, era él, que le hablaba a la sombra: “Hija de puta, ni bien pueda te mato. En un descuido te mato. Cuando bajés la guardia, te la voy a dar. Te va a rebotar el cerebro, puta”. Me dio un cagazo que no te explico, como entré, salí. Llegó un tipo a buscar un repuesto y se cortó la charla. Pasé a la parte de atrás. Había un montón de botellas vacías en un rincón. El flaco lo llamaba “el cementerio”.
Me senté a esperarlo. Hojeé una revista vieja que tenía las páginas resecas. Después abrí el cuaderno. Había números y fechas. En una decía: Calentamiento 15 min., Carrera 9 Km., Sombra 2x3.30 min., Golpe al saco 3x3.30 min., Suiza 1x5 min., Asaltos libres 1x3.40 min., Peso, 50.3 GORDO. Escuché que entraba y dejé el cuaderno. Sonrió al verme.
 — Me dijo Néstor que estabas.
 — Qué hacés.
 — Muerto de calor. Se desnudó. Tenía un calzón negro rotoso que a mí me encantaba. Se le notaban las venas y las costillas. Y una cicatriz que le atravesaba el pómulo derecho. Me la había mostrado orgulloso. Lo único que me quedó del primer knock out, dijo.
 — Traje para cocinar.
 — Qué cocinar, estoy hecho un cerdo. Había etapas en las que no tomaba ni agua.
 — Estás igual que siempre. ¿No leés la balanza?
 — No me la nombres. Esa noche tenía pesaje y al otro día pelea.
 — Arroz con lentejas. Eso no engorda
 — dije y él protestó. Me gustaba el boxeo desde chica. Papá me llevaba a ver las peleas en la Sociedad de Fomento Villa Reconquista. Tuve un compañero de secundaria que seguía los pasos de su padre boxeador. Se llamaba Pablo. No pasamos de amigos porque a una compañera le gustaba ni bien entró al curso. Lo habían echado de varios colegios y eso nos encantaba. Iván se puso a hacer flexiones. Lo miré un rato y después no aguanté más: me le tiré encima. Qué hombre. Era algo irreal. El olor de su piel era una mezcla del aceite de autos, desodorante y transpiración. Me despertaba un instinto de ternura y salvajismo. Él vivía transpirado, y yo, en estado de exaltación. Lo hicimos de parados. El lugar estaba grasiento y el sillón tenía las pulgas de La Loba. Quise detener el momento, quise que no terminara nunca. Pero terminó. Enfiló hacia la botella de whisky y tomó como si fuera agua. Decía que le sacaba el hambre.
 — Necesito estar solo. Tengo que entrenar. Siempre quería quedarse solo después de hacerlo. La reacción era peor cuanto mejor había estado.
— Te preparo algo y me voy.
 — No quiero nada. A veces yo quería pasarla mal, así él no se deprimía. Tenía una tristeza ancestral. Formaba una nube negra a su alrededor. Un campo de fuerza. Con eso ganaba las peleas. Sus adversarios golpeaban contra un muro. Era habitual que noqueara en el primer asalto.
 — Lentejas, te hago. No engordan.
 — ¿No entendés que quiero que te vayas? Entendía, sí, pero a veces con entender no alcanza. De pronto sentí que algo caliente me bajaba por la nariz. Aparecieron una, dos, tres estrellas en el piso.
—Sangre — dijo y fue hacia el baño. Volvió con algo que presionó con firmeza contra mi cara. Me moví y la presión aumentó. No podía respirar. Traté de zafarme, pero él me agarraba la cabeza. Cuando empecé a patearlo, por fin me liberó. Al apartar la mano, vi que sostenía una toalla blanca. En la nariz me quedó algo como tierra reseca.
Ya está, tranquila. El miedo, a la vez, me paralizaba y me hacía temblar. Tardé en levantarme. Iván miraba el piso manchado con sangre. Percibía en todo el cuerpo la tristeza que irradiaba desde su pecho y llegaba hasta mí. Estaba lavándome la cara cuando la soga empezó a golpear contra el piso. Escuché murmullos y el siseo del aire.
—Hasta mañana—, saludé, pero no respondió. Saltaba de cara a la pared. La toalla con círculos rojos fue lo último que vi.



Olga Kalmykova (Ivánovo, 1979). 2002-2004 – participante de la alianza literaria juvenil de Ivánovo “La Base”. En 2010 se graduó en el Instituto Literario Gorky – el departamento de prosa, en el taller de A. I. Pristávkin, A. B. Anashénkov. Desde 2007 es miembro del círculo literario “Belkin” anexo al Instituto Literario Gorky. Publicó sus obras en la revista “Nevá”, antología “Belkin”, revista digital “El Prólogo”, “Gvideón”.

Traducción por Olga Slyunko.





Lú no se atrasaba. No era difícil para ella – fue el capitán del equipo escolar de basquetbol. Los muchachos corrían rápido.  De pronto porque Ale “el alborotador” estaba en un abriguito delgado, las mangas le quedaban cortas. La madre por ninguna razón le dejaba usar ropa buena para jugar. Era invierno, hacía un frío de locos. Y de pronto había que correr mucho. Los muchachos estaban callados. 
Ale y Fito tenían trece años, Nacho y Lú – doce. El cuarteto inseparable. Desde la niñez temprana. Casi toda la vida. Vivían en la misma calle, paseaban juntos. Ninguno de los muchachos le exigían menos a Lú en los juegos y travesías. A ninguno le ocurría eso, ni siquiera a ella misma. A pesar de que le empezó a salir el pecho, Lú negaba aceptarse como una niña. No tenía muchas ganas de correr. Además a no sé dónde. Pero ella reaccionó al “a ver si puedes”.
- Empuja, Fito. Está muy liso. – dijo bruscamente Ale.
En el patio de atrás, una ventanita pequeña estaba alumbrada en una pared negra por el vapor y la humedad. Para mirar adentro había que subir el escalón alto del fundamento. Del tubo cuadrado de ventilación que aparecía debajo de la visera del techo salía el vapor, lo que hizo acumular allí un pedazo de hielo. Unos metros alrededor estaba liso. Ale al fin logró escalar, y se quedó quieto en la ventanita.
- ¿Cómo está todo? ¿Se ve algo?
- Sí, - Ale bramó contento.
Fito y Nacho escalaron rápido al fundamento, se olvidaron de Lú. Ella hasta se alegró y quería arrancarse en silencio hasta la esquina, por suerte apareció el perro callejero Toby. Pero Nacho se volteó.
- ¿Dónde estás, Lú? ¡Mira!
Ella no tenía nada más que hacer que escalar. Por supuesto la ventana estaba sudada, pero se veía algo. Ahí está tía Vale con el culo delgado, por allí tía Gala con el pecho enorme, también la vieja Charo con Pérez, seguro que echó gases, porque todas las mujeres se pusieron a reír como siempre. “Menos mal que mi madre está hoy de noche en la fábrica”, - pensó Lú.
Cada semana se bañaban por aquí. Vivían en una casa  del pueblo, no tenían donde bañarse. Como todos los vecinos, ellas iban a el sauna pública del barrio. Lú veía desde pequeña a todas sus vecinas desnudas, ella estaba acostumbrada a ese ambiente, el vapor, el piso resbaloso, los tazones de aluminio y charlas de mujeres de diferentes edades, que a menudo se convertían en burlas.
- ¡Qué tetas tan grandes!
- ¡Mira ese culo!
- ¿Cuál? ¿De aquella gorda?
- Nooo, de otra, flaca…
Los muchachos hablaban sin parar, mientras Lú intuía un tono diferente en  sus voces, sentía, que no quería hablar sobre eso, mirar a la ventana o siquiera estar ahí. Le pareció que los muchachos estaban unidos y ella aparte.
- Lú, ¿cuándo te van a crecer unas iguales? – de repente le preguntó Ale. Los muchachos se pusieron a reír todos juntos.
- ¡Váyanse a la mierda! – ella  respondió inesperadamente para sí misma en voz baja y se bajó del fundamento. Los muchachos no le prestaron ninguna atención.
Lú volteó la esquina sin que nadie se diera cuenta. Toby se puso muy cariñoso y lo pudo acariciar cuanto quiso sin el habitual grito de su madre: “¿Para qué anda tocando al perro si está limpia?”. Se oían las voces de los muchachos. Lú miró para aquel lado, se volteó y fue caminando para la casa. Por el otro camino.




Pierre Castro Sandoval (Trujillo, Perú 1979) y Olga Slyunko (Blagoveshensk, 1987)

Pierre Castro Sandoval (Trujillo, Perú 1979) Ha publicado los libros de cuentos Un hombre feo (Borrador, 2010) y Orientación vocacional (Paracaídas, 2015). En el 2012 obtuvo el Premio Copé de Plata con su cuento “El río”. Pueden leer más historias suyas en su blog huesohueso.blogspot.com 



FLORA

Tres días a la semana me llamo Flora. Me llamo Flora y soy un ama de casa que compra en METRO con su tarjeta METRO y que debe en esa tarjeta 2579 soles. Lo sé porque una señorita con voz de fotocopiadora me llama por teléfono para recordármelo. Me llama tres o cuatro veces por semana. Cuando el teléfono comienza a timbrar, yo todavía soy Pierre y estoy leyendo. Cuando digo Aló, todavía soy Pierre y he cerrado mi libro. Pero una vez que ella toma la palabra, soy Flora y le debo 2579 soles a Metro. Naturalmente, yo le digo que se ha equivocado de número, pero ella asegura que tiene el número correcto y que yo debo ser Flora. Le digo que no, que ni siquiera conozco una Flora. ¿No es su mamá? dice la pendeja ¿su tía, acaso? No. ¿Está seguro? Bueno, la conversación continúa en la misma dirección un rato más. Cuando por fin cuelgo, intento volver a mi lectura, pero no puedo. Estoy pensando en Flora. ¿Quién será esa Flora? Al principio, me la imaginaba como un ama de casa simpática. Una gordita cuarentona y gastalona que sale de Metro con el carrito lleno y dos niños pequeños orbitándole las piernas. Pobre Flora, pensaba yo, debe andar corriendo como loca para juntar los 2579 soles. ¿Lo sabrá su marido? ¿La irá a zurrar cuando se entere? Su dolor era el mío. Sin embargo, a medida que las llamadas persistieron durante meses, incluso hasta invadir mis mañanas de domingo, la imagen de Flora se me fue deformando. Al primer mes le borré a los niños y se le fue como el 80% del encanto. Al segundo mes vacié el carrito de frutas y galletas coronita y lo llené de tintes LOREAL y alimentos dietéticos. Al tercer mes, reemplacé al marido opresor por un tímido esposo trabajador que se deslomaba para satisfacer sus caprichos. Y ya para el cuarto mes, me la imaginé divorciada y prófuga en el Caribe, tomándose una piña colada con dos morenos fornidos aceitándole y masajeándole la malagua. Gorda cachera, pensé, por tu culpa llevo meses sin poder leer tranquilo. La vaina es que hoy, la señorita que llama, ya no me ha dicho que se comunica de parte METRO, sino de un lobby de abogados. Carajo, es lógico. Supongo que tras tantos meses, ya se cansaron de esperar y están cazando a Flora como a una marrana en día de feria. Las vacaciones se le han acabado. La imagino -mismo Thelma y Louise- en un Ford Thunderbird, acelerando por una autopista mexicana con una docena de patrulleros siguiéndole el paso. La escucho reír demencialmente dentro del carro mientras mete la mano a una bolsa de doritos y jura que no la atraparán con vida. Eso es, le digo mentalmente, no nos atraparán con vida. La veo desesperar, salirse de la autopista, siento en mis huesos el traquetear de las llantas contra la arcilla del desierto, la sorpresa de los policías, veo el acantilado a través de sus ojos y finalmente el silencio del auto volando hacia el vacío. Entonces pienso: ya no sonará más mi teléfono. Ya nadie me llamará Flora. Y estoy feliz. Y sonrío. Y es también como morir un poco.





Olga Slyunko (Blagoveshensk, 1987) Graduada en la Universidad Lingüística de Moscú y en la Escuela de Drama de Herman Sidakov. Participó en diferentes proyectos de cine y teatro. Trabajó como escritora creativa en el proyecto “Los Fíxicos” de la editorial “Umnaya Masha” y participó en la creación de las ideas y el contenido de los libros para niños. En 2010-2014 trabajó de traductora y curadora de programas cinemáticos para el Festival de los Cortos de Moscú “Primera Obra”. Los últimos 4 años reside en Venezuela. En este proyecto es la traductora de los cuentos al español y compiladora de los cuentos rusos y latinoamericanos.




TOMA

“Georgito, ¿me puedes restregar la espaldita por favor?” – se oyó una voz coqueta desde el cuarto de baño medio abierto. Es uno de los primeros recuerdos vivos con ella. Era una flor exhalando aromas. “¿Esta floreciente mujer es su mamá?” – le preguntaban asombrados a su hija siempre cansada. Un esposo se ahorcó, el otro se dio a la bebida, pero ella seguía exhalando aromas. A ella le encantaban las fiestas ruidosas a la orilla del mar con las ollas y sartenes llenas de pasta “a la marinara”, pimentones rellenos, plov[1], diferentes ensaladas, panqueques – siempre había un montón de comida riquísima alrededor de ella, y por supuesto vodka casero hecho con las cáscaras de mandarinas, -- todo eso acompañado de la voz ruidosa del hijo adoptivo más querido: Igorechek. “¡Estoy tan borracha que no llego hasta la casa!» -- se oía desde los olivos silvestres de Crimea que nunca maduraban. “Amigos, vamos a tomar. ¡Eso nos une tanto!” – balbuceaba Toma y en su cara fluía una sonrisa juguetona e inocentemente traviesa.
Aquí está ella celebrando el Año Nuevo, teniendo sólo unos calzoncillos y sostén puestos, está bailoteando agarrada de las manos con su novio de turno apodado Rata. Ella es una dama de talla exuberante, él es una rata esquelética. Ella alza sus brazos frondosos y gira los pétalos de los dedos de un lado a otro.
Toma bailaba más con el alma que con el cuerpo. El cuerpo era muy voluminoso, con gran esfuerzo y ahogamiento lo arrastraba hasta el segundo piso del edificio de cinco pisos de los tiempos de Stalin, donde vivía en este entonces ya sola en un apartamento de dos cuartos con un balcón. En el pasillo, justo encima de la puerta de entrada, día y noche funcionaba una radio, que transmitía la voz querida de Igorek. Así se sentía con más alegría. Y bueno, al fin de cuentas no afectaba mucho las cuentas de la electricidad, ya que el vecino ayudaba a girar el medidor en la dirección contraria.
Aquí estamos otra vez donde la abuela, ella sirvió una mesa grande, congeló jolodets[2], hizo ensaladitas, destiló vodka casero, prendió con alfileres a la nuca un moño con sus propios pelos acumulados por años y ahora está luciendo feliz porque otra vez todo salió bien. “¡Con ánimo para la bola!” – grita ella con una voz aguda, alza las manos con los puños y los sacude con energía. Parece que está a punto de lanzarse a la lucha.
Toda la vida trabajó en una planta de construcción naval y cuando se retiró, se puso a trabajar de portera en un instituto marino más cercano a la casa. Nosotros pasábamos “de visita” donde ella, cuando no había nadie en el instituto, vagábamos por las aulas vacías y larguísimos oscuros pasillos, jugábamos al escondite en el guardarropas y retozábamos en el patio. Y además cuando la abuela tenía un turno nos gustaba pasar por su casa y ojear por horas las fotos viejas de blanco y negro buscando caras conocidas. La veíamos de buena planta, joven, atlética, con un lunar provocativo en la ceja. (“Me decían: “Ay, esas piernitas, como si alguien las hubiera tallado en un torno”, suspiraba ella de vez en cuando). Nosotras abríamos dos enormes cajones de calzado y medíamos por turno todo su contenido. Brincábamos en un sofá elegante con un montón de cojines rojos con dibujos, construíamos con ellos unas barricadas y diferentes casitas. Abríamos al azar la guía de teléfonos y llamábamos a cualquier número, diciendo a la gente desconocida diferentes groserías y colgando de inmediato… Después de nuestras visitas Toma cabeceaba: “Sodoma y Gomorra…”
En una de esas “incursiones” encontramos un verdadero testamento. Nosotros no entendíamos para qué servía, pero sabíamos que lo escribían antes de morir. Y me puse muy triste pensando que todo ese mundo iba a dejar de existir para siempre. No habrá alegría borracha de sobremesa en los días festivos, telenovelas latinoamericanas (¡Oh, Rosa Salvaje, Simplemente María y Manuela[3], cómo suelo extrañarlas en mi adulto estado mental!). No habrán barquillas deliciosas de crema cocida y cuentos sobre algunas viejas que no le agradaban para nada: «¡Dios mío, que te cagues y no tengas agua para bañarte!”
Ahora me queda de ella sólo un anillo de bodas que me dio durante nuestro último encuentro. Pero en mi corazón ella sigue con su risa aguda, sacudiendo los puñitos y girando los pétalos de los dedos en la danza exaltada del alma.







[1] Plov es una especie de paella rusa.
[2] Jolodetz (en ruso «холодец») es caldo de carne congelado.
[3] “Rosa Salvaje”, “Simplemente María”, “Manuela” son nombres de telenovelas latinoamericanas populares en los años 90 en Rusia y Ucrania. 

Renata Durán (Bogotá, 1950) y Alla Samokhina (Moscú, 1964)

Renata Durán (Bogotá, Colombia 1950). Ha publicado los libros   Muñeca rota (1981), Oculta ceremonia , (1985), Sombras sonor...