Alexis Mattey Balza (Mérida, Venezuela 1968) y Anna Kozhurina (Moscú, 1975)

Alexis Mattey Balza  (Mérida, Venezuela 1968) Estudios de Administración, Psicología, Música. Compositor. Dedicado investigador de fenomenología paranormal. Escritos y publicaciones : Aparte de su discografía que comienza a la edad de 15 años, escribe en sus tempranos 20s CUENTOS DE LA NOCHE, más adelante tiene la columna EL LADO OSCURO en un periódico local, que luego pasa a nacional. Actualmente "El ojo de Ninivé", "Historia del Rock en Mérida" "Aprende a tocar guitarra tocando Rock" "El método del bebé" (método de aprendizaje de inglés) "El mensaje que no quieres oír".


LA BARRANCA

DEDICADO A MI PADRE: JOSE IGNACIO MATTEI
Y A LAS MEMORIAS DE: EDMUNDO MATTEI Y ALEXANDER CAMACHO


No tengo muchos recuerdos de mi infancia, no sé si porque mi memoria los bloqueó o
porque no pasó nada realmente relevante como para recordarlo.
Solo algún juguete, uno que otro cuento de hadas, la vieja casona en que viví y sus fantasmas.
Mis padres son hijos únicos y yo fui el primero de sus hijos, es decir, ni tíos, ni primos ni hermanos por un buen tiempo.
La casa… la casa era un pasillo largo desde la calle hasta una terraza que daba hacia un barranco, la puerta era prohibida, el barranco era prohibido.
La gente de la casa trabajaba todo el día y aunque había una colección de libros grandes con cuentos infantiles, yo no sabía leer, ni la muchacha que me cuidaba tampoco…
José sentado en el piso le pregunta a Olimpia:
-           ¿Olimpia qué dice aquí?
-           Yo no séeee
-           ¿Por qué no sabe? Si es boba
-           Entonces usté es bobo también
 Así que me conformaba con mirar las pocas gráficas a blanco y negro, duendes, lobos, ogros devorando niños, espíritus… ¿y cómo sabía yo si era solo yo el que veía lo que veía, si aparecían también en los libros y nadie me decía lo contrario?
Yo sabía que desde el puente que quedaba encima de la barranca la gente se lanzaba para matarse, nunca me dejaron ver, tampoco nunca entendí eso.
Había días en que la barranca se llenaba de neblina y a mí me gustaba mirar, a veces veía gente herida con la ropa rota y ensangrentada caminando entre la neblina  y me daba miedo.
Yo les lanzaba bananas para que se fueran, “Tal vez vienen entre la neblina” pensaba yo, “Como en los libros”, “Menos mal que esos no suben la barranca”  al menos de día…
José comiéndose plácidamente una banana, observa la barranca y Olimpia se acerca:
-           ¿Qué tanto mira usté’ pa’ ya’ abajo?
-           A los locos
-           ¿Cuáles locos?
-           ¡Esos que andan por ahí todos sucios!
-           Yo no veo nada (asomándose)
-           Espérese un ratico a que baje la neblina pa’ que vea
-           Ta’ chiflao’ usté, esos deben ser obreros que se la pasan sucios...
-           No, no son obreros ya va a ver (negó José mientras movía la cabeza)
Pero una noche, mientras dormía en el mismo cuarto con Felicia (Feli) una ahijada de mi abuela que vivía en casa porque estudiaba en la Universidad; tarde, muy tarde me despertó un llanto, más que un llanto era un lamento, le acompañaban más voces gritando agónica y desesperadamente. Al parecer nadie más lo oía porque nadie se asomaba ni hacía nada.
Me levante y comencé a llamar a Felicia: “Feliii, Feeeeli despiértese oiga eso” le decía yo en susurro, pero ni se movía, murmuraba algo y seguía durmiendo.
Entonces lo que venía a mi cabeza era irme al cuarto de mis abuelos, allí habían imagines de Santos y cruces, eso ahuyentaba las cosas malas, al menos en las películas de Boris Karloff.
Pero ese día cuando salí al pasillo y miré hasta el fondo, estaba una mujer, suspendida en el aire y con un vestido de novia sucio y roto, como si hubiera corrido por el barrial de la barranca, el cabello era largo y desordenado y le cubría la cara, tenía las manos sucias y goteaban sangre. Avanzaba por el pasillo sin mover los pies, sin tocar el suelo suavecito y rápido.
Yo traté de llegar al cuarto de mis abuelos antes que ella, pues estábamos cada uno en los extremos opuestos del pasillo y el cuarto justo en medio. Cuando llegué (afortunadamente antes que ella) vi los velones iluminando la imagen de Jesús ensangrentado en la cruz, eso tampoco me reconfortaba mucho pero si la gente grande decía que era bueno, yo tenía que creer. Una vez se me ocurrió que él podría ser alguno de los ensangrentados que yo veía entre la niebla y tal vez a la distancia yo no le reconocía… entonces dejé de lanzarles bananas...
Esa fue la primera de muchas noches que la vi, siempre me daba miedo...
Un Domingo me levanté muy temprano, todavía no habían comenzado a funcionar los canales de televisión a esa hora (para esos días habían solo dos canales en blanco y negro que trabajaban de 8:00am a 12:00pm o algo así). No se veía nada más que los puntitos en blanco y negro y el característico ruido… me quedé mirando la pantalla  esperando que comenzara “la transmisión del día” como decían los entendidos, con el Himno Nacional pero yo esperaba con ansia para ver “Alegre despertar” (caricaturas), en ese momento vi algo que me heló la sangre, unos segundos de pesadilla que marcaron mi vida hasta el día de hoy…
La mujer, la de la ropa rota y manos ensangrentadas esta vez apareció en medio de la pantalla, moviendo la cabeza de un lado a otro como diciendo “no”, lo hacía constante y rápidamente a tal velocidad que ningún ser humano hubiera podido mover la cabeza a tal velocidad.
Me quedé sin aire, sin llanto, con la boca abierta para gritar pero sin voz, ella también abrió la boca como remedándome.
Poco después, mi gata Pepita amaneció sin cabeza, después vi a la mujer parada en el techo de la casa con la cabeza de Pepita en la mano… peor aún, poco después vi a mi gata caminar por el orillo de la ventana de mi habitación; me alegraba verla, pero cuando me acordaba que estaba muerta me ponía a llorar porque ver a Pepita, solo anunciaba que esa mujer estaba por salir.
Una vez tuve la imperiosa necesidad de ir al baño en la madrugada, todavía recuerdo la sensación de mi pijama de algodón (que me quedaba chica)  y caminar en calcetines por el piso helado de las frías madrugadas de mi pueblo, a oscuras, con el corazón en la boca y lágrimas en los ojos (estoy seguro de que mis padres nunca entendieron lo torturante y traumático que fue aquello).
Ráfagas de aire helado cruzaban por delante y detrás de mí. Por fin parado frente al toilette a oscuras (por mi estatura no alcanzaba el interruptor de la luz) percibí que la mujer estaba allí, se oía a lo lejos un hombre llorando y una mujer como aguantando una risa demente, se fue acercando lentamente a mi espalda... ¡el baño era tan pequeño! El corazón se me salía por la boca, sabía que se acercaba porque su cuerpo emitía el sonido como de un panal de abejas y veía un poco su reflejo por un espejito que estaba sobre la toilette... Cuando ya estaba sobre mí, una ráfaga helada atravesó mi cuerpo, lo que sentí en ese momento debe ser lo que siente la gente al morir, no pude contener un grito largo que despertó a todos y luego me desmaye. Me castigaron, no me creyeron y más nunca me dejaron ver películas de Boris Karloff. Tampoco quise más nunca levantarme en la noche para ir al baño. Me orinaba en la cama, me regañaban me castigaban. Mi madre me decía: “Usté’ tan viejo, no dale’ vergüenza” y no entendía por qué me decía “viejo” me sentía mal…
Me imaginaba a mí mismo como la gente que caminaba entre la niebla, sin ojos, con el cuello quebrado, con aquella expresión de dolor…
Entonces me paraba a orinar aterrorizado aun oyendo el llanto de la mujer, que se detenía solo para que comenzara el mío…Orinaba entre las matas del patio frente a la puerta de mi cuarto tratando de no mirar a la terraza, no soportaba mirar, solo lloraba y orinaba de frio…de miedo…
Mientras cenan los padres de José comentan:
-           Betty, yo no sé pero lo de Joselito me está comenzando a preocupar, ese muchacho está muy pequeño para inventar tanto.
-           Pa’ mí que eso es esas películas que él se pone a ver de noche que le dan pesadillas.
-           Sí, yo también pensé eso, pero lo que él cuenta es mucho más fuerte que lo que aparece en esas películas, y no creo que lo haga nada más por llamar la atención, yo lo veo muy nervioso.
-           ¿Habrá que llevarlo con un psicólogo?
-           A lo mejor.
José niño está dormido en el piso, de día, entre algunos juguetes y una dama que está de visita en la casa lo observa en el momento que se despierta:
-           Joseito que dormilón eres, ¡mira donde te quedaste dormido chico!
-           Es que yo no duermo mucho.
-           Pero los niños deben dormir bastante para recuperar energías.
-           Es que aquí de noche sale una señora que me asusta.
-           A ver ¿Cómo es eso? ¿Tú le has contado eso a tu mama? Cuéntame a mí.
-           Sí le he dicho pero no me cree, ella dice que es porque yo veo las películas de Brácula
-           Ja, ja, ja ¿Las películas de quién de B R Á C U L A? Ja, ja, ja
-           ¿Vio? Uste’ tampoco me cree, ¡Pa’ que le cuento nada!
-           Brácula ja, ja, ja
José recoge un oso de peluche se monta en su triciclo y se va frustrado.
El psicólogo habla a los padres de José en su consultorio:
- Este tipo de cosas no son fáciles de manejar, pero independientemente de lo que José ve, exista o no, le está causando un gran daño psicológico y está perturbándole el sueño lo que es terrible. Yo le recomendaría que le presten atención cuando él diga ver u oír algo, pero principalmente, debe alejarse de la casa para que recupere el sueño porque se está debilitando mucho y eso aparte del stress que a esa edad no es nada común, le puede afectar su salud física también.
            José adulto camina por la cocina entre escombros, voltea hacia la ventana y recuerda:
Estaba Olimpia lavando trastes en la batea que era el lavaplatos de antaño. El sonido del choque del jarro de peltre con la olla vieja y el chorro de agua encima eran el fondo de las preguntas triviales de niño que le hacía a Olimpia desde mi triciclo, de las cuales la mayoría nunca eran contestadas, pero de repente, por la ventana ubicada sobre la batea que daba hacia el patio que quedaba en un desnivel profundo, se iba levantando en el aire la imagen de aquel espectro, llevaba en su mano izquierda, agarrado por el cuello de la camisa, el maltratado cuerpo de un hombre joven, el cual más temprano ese día, le había visto caminando nerviosamente de un lado al otro del puente sobre la barranca, más tarde, Olimpia gritaba alarmada: “Se tiró alguien del puente Dios mío, ¡Joseito vaya pa’ dentro no vea eso!”
José niño observa a su abuela prendiendo una vela en el altar de su habitación:
-           Abuela Flor, ¿Usté me puede regalar una vela?
-           ¿Qué va a hacer usté con una vela papa?, va y se quema.
-           Pa’ poner en mi cuarto.
-           ¿Y por qué quiere usté’ poner una vela en su cuarto?
-           Pa’ que la mujer esa que sale de noche no me moleste más.
(La abuela voltea y lo mira a los ojos con una sonrisa disfrutando de la inocencia de José)
-      Venga acá (mientras arrimaba una silla para que José            
        alcance el altar), vamos a prenderle aquí una vela usté y
        yo al niño Jesus pa’ que lo proteja ¿Sí?
José ojeroso, sonríe esperanzado y procede con su abuela a encender la vela.
Así pasaron los años y yo mismo me convertí en un fantasma, o por lo menos eso parecía, no dormía, no comía ni bebía para no ir al baño hasta que por fin decidieron llevarme a la capital, pero poco antes del día de mi partida, la vi, entonces la enfrenté “Ya no me importa que este allí porque me voy” le grité... y movió la cabeza de un lado a otro en señal de negación mientras hacía unas señas con los dedos extremadamente temblorosos, pero no la mano en sí, era como ver una imagen borrosa en la televisión que en momentos se llega a ver doble… Me fui, hice mis estudios y terminé en la capital, pasé años tratando de descifrar aquellas señas y tratando de discernir si aquello que yo vi fue fruto de la imaginación de un niño o un verdadero encuentro con otro plano de existencia...
Estudié este tipo de fenómenos por años y concluyo que fue lo que se conoce como un alma en pena, un espíritu torturado, un ánima... por eso hoy día, a mis 37 años volví a la vieja casona donde viví mis primeros años de vida, y aquí estoy… mirando la barranca invadida por la neblina desde la terraza que ahora me parece tan pequeña, y vine hoy porque logré con mucho esfuerzo descifrar aquellas señas, eran una fecha: día, mes y año…hoy y quise enfrentar y entender por q…
-En ese momento, violenta y repentinamente, de entre la neblina, con la velocidad que un ave de rapiña atrapa un ratoncillo, unas manos huesudas surgen de la niebla y atrapan a José por el cuello arrastrándolo hacia el vacío envuelto en un vestido de mujer sucio y harapiento mientras iba perdiendo la consciencia y observaba cómo su terraza se alejaba en lo alto…
Tal vez en ese momento pudo entender por qué la gente  se “lanzaba” desde el puente y quiénes eran aquellos que caminaban en la niebla...pues al poco... era uno de ellos…

NOTA DEL AUTOR:
BASADO EN LOS CASOS DE LA VIDA REAL DE: ALEXIS MATTEY, EDUARDO CENTENO (Q.E.P.D.), ALEXANDER CAMACHO (Q.E.P.D.)



Anna Kozhurina (Moscú, 1975) En 1998 se graduó de la Academia del Servicios Públicos y Construcción de Moscú. En 2015 - de la Academia Estatal de las Humanidades de Rusia especializada en la historia del arte de Europa Occidental e historia del arte ruso. Trabaja de directora de ventas. Miembro del círculo literario “Belkin” anexo al Instituto Literario Gorky.

Traducción al castellano Olga Slyunko

VOLAR

Me desperté por un dolor sordo en las patas y alas. Me acordé del paseo despreocupado por el nuevo pasto en los rayos del sol caliente, como después algo pesado me aplastó atrás, como mis hermanos se remontaron al cielo pegados haciendo ruido. El gato gruñía con rabia, me rompía y aplastaba con su peso, me clavaba con sus garras y al fin me tiró lejos, habiendo saciado su interés de jugador. No podía volar, sólo podía arrastrarme despacio, mientras el sol empezó a calentar desesperadamente. Aguanté hasta el arbusto sofocándome, me achique y ya todo me daba igual, lo importante era irse a la oscuridad lo más pronto posible, hundirse, chorrear, confluir con el silencio y nunca más pelear contra nada. Pero no me funcionó, volví a despertar. Había pajaritos humanos alrededor, arrullaban algo. Algunos como naranjas, otros azulados, uno con luminiscencia dorada. El naranja se acercó veloz, me pateó, retrocedió. Los otros se pusieron a hablar,  entonces el Dorado extendió sus alas, cerró el paso a los demás. Hizo unos pasos suaves por el pasto, se bajó y alargó sus alas pequeñas rosadas hacia mí. Empezó a sentirse calor materno, olió a galletas. Él toco mi cabeza con ternura, volvió la cabeza de un lado hacia el otro como algunos de mis hermanos, aleteó a otros pajarillos y empezó a arrullar en voz alta. Se acercaron todos, empezaron a hacer ruido. El Dorado tiró al piso parte de su plumaje delante de mí, me movió a una superficie blanca con ternura y se levantó cargándome. Tendría que asustarme, pero no tenía fuerzas para eso. Los pajarillos corrían al lado, chillaban, miraban… Después la banda se quedó atrás, y el Dorado me entró con cuidado, echando miradas preocupadas. Pasamos la casa fría y oscura, los espacios encerrados y nos encontramos en un lugar claro y bueno, donde me colocó en el piso y me dejó. Ahí fue cuando le di tregua a la vida, me adormecí. Cuando me desperté él estaba al frente mío, como una paloma de verdad, miraba con atención. Yo ya tenía al lado una tapita con agua, me acercó en su ala las semillas. ¡Y recordé esa ala! En invierno siempre se metía en la ventanita con las migas salvadoras y granos. Al principio teníamos miedo, pero el hambre nos reconcilió con el peligro. Llegábamos volando a esa ala y los más valientes picaban de ahí. Sólo que estaba resbaloso, porque nos deslizábamos aruñando el borde de la ventana. Después el pajarillo lo arregló todo: hizo algo para que no nos deslizáramos. Todo el invierno nos reuníamos en su casa, sólo necesitaba abrir la ventana. Y después nos olvidamos de él.
El Dorado tocó suavemente con algo fresco mi pata. Yo la quité rápidamente, me quemaba. Él cabeceó, habló algo en su lengua en voz baja, y ahí lamenté que no entendía nada. Y después me dormí otra vez. Pasaban días, me acostumbré a mi destino. El Dorado traía diferentes comidas, miraba qué me gustaba más, sonreía, limpiaba, me frotaba las heridas y refunfuñaba en su idioma. Me hizo un nido en un lugar más frío y abierto, al lado de la primera habitación. Ya me empezaba a olvidar de la palomera, de los compadres y los vuelos. Volaba sólo en el sueño. Incluso me daba miedo mover las alas, ni pensarlo, hasta que el Dorado, balbuceando habitualmente, me arrastró a la calle. Otra vez nos rodeó una banda de los pajarillos humanos. Hacían ruido, agitaban las alas. Primero paseaba sentado encima de él y después caminaba con cuidado por el suelo fresco. En uno de los paseos el Dorado extendió sus alas ridículas y dijo algo balanceando. Pregunté: ¿volar? Y él respondió: ¡volar! ¿Cómo lo logró? Hasta ese momento no entendía nada de sus palabras. Él se puso a deslizar por la tierra, corrió. ¿Acaso va a despegar? El Dorado se paró y miró hacia mí. Dijo otra vez indicando a mis alas: ¡volar! Yo también tomé carrerilla un poco, agité las alas, pero esas se doblaron de alguna manera, en general no logré hacer nada. Pero el Dorado era testarudo. Cada paseo me contaba algo, mostraba, desplegaba sus alas, corría alrededor, a veces hasta me lanzaba hacia arriba con cuidado. Las alas dolían cada vez menos, y empecé a subir al cielo. Siempre me volteaba y le gritaba: ¡Dale, vente también aquí! Pero el Dorado sólo batía sus alas ineptas y lucía desde la tierra, dando vueltas por el pastizal con alegría. ¿Pero quién me va a decir que no volaba? Volaba, pero por tierra. Mis hermanos lo miraban desde el techo y se asombraban. Algunos dudaban de nuestra idea. Escuché sus bromitas: mira, el nuestro se volvió de circo, ¡divirtiendo a ese humano! Hasta los grises azulados se reían un poco, aunque nosotros nunca los considerábamos palomas de verdad. Empezó a hacer mucho calor, y esperaba con impaciencia a nuestros paseos. Nadie me podía prohibir a volar desde la casa, pero igual todavía no lo hacía. Aunque volara muy alto en la calle, igual siempre aterrizaba al hombro de mi amigo. Un día el Dorado dijo: necesitas ir donde tu gente, a la casa. Lo entendí todo, todas sus palabras, y me puse a dejarlo cada vez más, y regresaba menos. Tenía que estar con los del cielo, y estaba. Un día recordé que hace rato no había visitado a mi amigo, ¡y me pasaron tantas cosas nuevas! Planeaba entre las casas y no lo encontraba. Todas las casas eran parecidas. Y miles de ventanas me miraban esperando algo. Me acercaba a uno y a otro, pero en ningún lado se veía la luminosidad. Rezaba que me diera una señal, pero no había nada. Me agitaba entre esas piedras asustado, y el Dorado me vio, me aleteó. Como si hubiera brillado un rayito, y me lancé hacia él. Me senté al frente y me miraba, brillando con gotas de alegría. Vi sus ojos encenderse, sus alas moviéndose, se arrugó por el sol y dijo:
- Es una lástima que no puedo volar contigo en el cielo. Me vas a hacer falta.
- Puedo quedarme.
- No, tú tienes que volar, amiguito. ¡Tienes que Volar!


Y yo vuelo.




Gonzalo Márquez Cristo (Bogotá, Colombia 1963) e Iván Zorin (Moscú, 1959)

Gonzalo Márquez Cristo (Bogotá, Colombia 1963). Poeta, ensayista, narrador y periodista. Ha publicado cuatro poemarios: Apocalipsis de la rosa (1988), La palabra liberada (2001), Oscuro Nacimiento (2005) y La morada fugitiva (2013). Un libro de cuentos: El Tempestario y otros relatos (1998); la novela Ritual de títeres (1992); Grandes entrevistas de Común Presencia (2010) y Las muertes inconclusas (Premio Internacional de Ensayo Maurice Blanchot, 2015). Realizó la selección y el prólogo de El libro de la Tierra - Antología Mayor (2014), gran homenaje a nuestro planeta que contiene textos de 101 autores. En 1989 fundó la revista Común Presencia y funge como su director. En el año 2001 creó la Colección Internacional de Literatura Los Conjurados, distribuida en Puerto Rico, Venezuela, Ecuador, Perú y Colombia; que cuenta con más de cien títulos publicados, en los géneros de poesía, ensayo, cuento, novela y testimonio. 


DE LO INEXORABLE

Soy uno de los genios heréticos que se rebelaron contra el Gran Soleimán, hijo de David (¡que sobre los dos haya paz!)
Descifrando mis artilugios el magnífico rey me derrotó y me castigó encerrándome en esta página, atrapándome en sus líneas, utilizando sus palabras como lianas, obligándome por siempre a este inútil monólogo exaltado.
Según lo establecido mi desolación será eterna; y sólo me es concedida una efímera libertad, una interrupción de mi condena, una huida de esta cárcel terrible de papel, durante el breve tiempo que algún desprevenido lector ocupe mi lugar...

EL OCULTO

Hoy he cumplido siete años de oscuridad y abstinencia. Fui vigilado incesantemente por guardianes que tenían la inapelable obligación de no dejar que nunca el ojo sin párpado del sol me viera, aislado y condenado a una excesiva austeridad... Pero he terminado al fin mi rigurosa preparación.
Hoy seré elegido. Oficiaré el primer sacrificio. Las nubes recibirán en adelante mis órdenes. Después, según la costumbre, agradeceré a la prolongada oscuridad el estar poblado de voces, de reflejos interiores, de pensamientos profundos y de reflexiones míticas; pues se sabe que todo lo que se hace en lo visible es irreal.
Ahora dejaré de ser el Oculto —me están llamando—. Al abandonar este amado y despreciado escondite sorprenderé al Sol naciente que ignora mi rostro, lo subyugaré con mis ritos ejercitados en las tinieblas y lo asesinaré. Mañana seré yo quien surja por el oriente en Sugamuxi.

PIZARRO

Extraños designios me dieron el poder absoluto para realizar así mi horrible acto, mi terrible acción de derrotar y condenar a muerte al hijo de un gigante dios iluminado.
Ahora estoy completamente solo, rodeado de selva, y no existe una noche en que no tema que amanezca.


Iván Zorin (Moscú, 1959). Es un escritor y publicista ruso. Graduado del Instituto de Ingeniería y Física de Moscú, cátedra de física teorética especializado en física nuclear. Miembro de la Unión de los Escritores de Moscú. Su primer libro Los Juegos con el Sueño se publicó en 1992, por la editorial Interbook. Laureado con el Premio Voloshin y Premio “Zolotoy Vityaz”. Ha publicado: La eternidad de un momento. La Novela De Doscientos Autores – M.: RIPOL classic, 2016. Para qué Vivir si Mañana Morir - M.: RIPOL classic, 2016. Encarnación de un Pallazo - M.: RIPOL classic, 2014. En las Redes Sociales - M.: EKSMO, 2014. La Eternidad del Mundo. La Secta de la Verdad – M.: ID Pegaso, 2011. El Regreso de la Metafísica – M.: ID Pegaso, 2011. Llegar a Ser Dios para Sí Mismo – M.: ID Pegaso, 2011. La Carta al Amigo Beloruso– M.: ID Pegaso, 2011 (antología de artículos). La Confesión sobre el Tiempo– M.: ID Pegaso, 2011 (re edición). El Genio del Día Pasado – M.: Proporción Justa, 2010. La Confesión sobre el Tiempo– M.: Editorial Bellas Letras, 1998. Las Letras en el Pilar de Orihalkov – M.: Editorial Carta Blanca, 1993. Los Juegos con el Sueño – M.: Editorial Interbook 1992.

Traducción al castellano por Olga Slyunko

EL ESTANCIERO PALOMINO VERGARA LEYENDO A BORGES

Ilarión Evgráfovich Palomino Vergara estaba en el camino a su latifundio. La capa de nieve helada estaba crujiendo, las cimas de los árboles aguijaban el sol, y el cochero daba chasquidos gallardamente. Para llegar antes de la oscuridad salieron de la ciudad de madrugada, pero en el camino los atracaron. Había siete malandros con rastrillos, sin embargo Ilarión Evgráfovich en otros tiempos sirvió de soldado y desde entonces siempre llevaba a todas partes las pistolas. Se defendieron, perdiendo los gorros de piel, pero tuvieron que dar una vuelta, y además Matveich bizco de nacimiento, giró por el camino equivocado del susto.
Ilarión Evgráfovich sintió piadosa hambre y ya estaba arrepentido de no haber traído vatrushkas[1]. El tañido del estómago está peor que el campanilleo”, – pensaba él cruzándose y para distraerse empezó a recordar al escritor cuyo nombre estaba en boca de todos, aunque era difícil de pronunciar. En los salones alababan su patria de ultramar – a Ilarión Evgráfovich se le olvidó el nombre de ese país ya en el liceo, – y la institutriz del terrateniente llamada Puntiaguda, lo leía en voz alta en español. Ilarión Evgráfovich chascaba y arqueaba las cejas con importancia. En español sólo entendía que él no era Ferdinando VIII y que el bey[2] argelino tenía un chichón justo debajo de la nariz. Pero su amigo Pajarito que pasaba por literato porque hablaba como escribía y componía para toda la ciudad las notas amorosas lo llevó a la librería. Te quedaste demasiado en tu Monteyculebra – como un mosquito impertinente zumbaba él, bajándose al sótano. Y allí detrás de una puerta aflojada bien sea un griego o un judío inquieto y de nariz encorvada le metió a Ilarión Evgrafovich un volumencito con una cubierta de cuero. “Buena traducción, – bajando los anteojos hasta la nariz, presumió hojeando. – ¿Cuánto pedirás por eso?” El hombre de Oriente no se privó “Vaya, qué ratón de biblioteca…” – Ilarión Evgráfovich dijo “hum”. Pero asustado de mostrar su negligencia se despidió con la asignación. “Qué te lleve la cólera”, – pensaba él, teniéndole la mano a Pajarito para despedirse. En cambio ahora debajo del abrigo de piel su costado chocaba contra el libro que recordaba los dedos pegajosos de bien sea un griego o un judío.
Tintineaban las campanitas, los campos infinitos se alternaban con bosques interminables, y por eso le daba sueño. “¿Falta mucho, Matveich?” – gritó Ilarión Evgráfovich para atemorizar, y sin esperar la respuesta acercó las letras a los ojos miopes. Y ahí mismo empezó el viaje en el libro por las llanuras llenas de sol pasando pastaderos quemados, arreas locas y aldeas frágiles, donde los pastores borrachos se apuñalan el uno al otro. He aquí que cayeron los dos de la taberna. Uno metió la mano en el pecho, el otro en el caño de su bota. “Tú tienes algo ahí… – dijo entre dientes el primero. – Sácalo, vamos a comparar…” “Tú ya me habías matado en la encarnación anterior”, – protestó el otro con indiferencia, – ahora es mi turno…” “Bobo, – pensó Ilarión Evgráfovich, – uno da un puñetazo primero…” Y recordó Turquía, donde estaba su regimiento, los pueblos salvajes, sus caballos descalzos y valentía hasta la primera descarga. “¡No seas travieso!” – gritó él en español. – O si no te llevo de inmediato al isprávnik[3]…” Los pastores pusieron sus gorros en la cadera, quemándose con las miradas. Pero no se atrevieron a sacar los cuchillos. “Se necesita el azote… – pensaba partiendo Ilarión Evgráfovich. – La cultura no son hongos – no crece con la lluvia…”
A cada lado estaba de escolta una gran cantidad de nieve. A Ilarión Evgráfovich le empezó a cosquillear la nariz. Sintiendo el hormigueo, se metió la mano al bolsillo y alcanzó a estornudar en el pañuelo. El libro se cayó. Él lo hojeó una media hora, pero ya no encontró el mismo lugar. “Sin embargo es muy grueso…” – musitó él. Matveich entonó “El Cochero”[4] “La vida es una larga canción, – pensó Ilarión Evgráfovich, – en la juventud canta la pasión, en la viejez – enfermedad…” Y en la somnolencia le pareció como si en el sueño él estuviera esculpiendo a Matveich de barro como El Altísimo. El corazón, el hígado, anguarina[5] desgarrada. Le encasquetó encima de su cabeza una melena de peluca blanca, le pintó las pestañas con brea, le volvió bizcos los ojos y maquilló las mejillas con la sangre de toro. Lo sujetó a las bridas y estiró la mano hacia la pipa turca, admirando su trabajo, cuando de repente sintió que él mismo estaba esculpido en barro por alguien en su sueño, como si fuera una manta hecha de pedazos, cosido de pedacitos de tela, separado de la oscuridad, jalando las orejas, como una zanahoria. Ilarión Evgráfovich empezó a castañetear con los dientes, pero no escuchó el sonido. Y entonces con la dolorosa humillación se dio cuenta de que él también no era sino un espíritu, que alguien está soñando… “¡Eso sí que no!” – él comenzó a patalear con los pies dormidos, – yo conozco a mi Señor…”Es porque el frío está mordiendo…” – se frotaba las orejas rojas debajo de la solapa. Surgió goteando el amanecer. Ahora estaba comiendo uha[6] en la taberna, y la cabezota del pescado bizqueando los irises turbiamente, de repente movió los pómulos y refunfuñó algo en español: “A ver tío, ¿ya comió?” un gallo cacaraqueó detrás de la ventana. Pero a Ilarión Evgráfovich después de la comida le gustaba descansar, y en su aldea ya hace rato degollaron a todos los gallos escandalosos. Y entonces entendió que nunca había despertado, que su pesadilla anterior estaba escondida, en otro sueño como en una matrioshka[7]. “Se mete en la cabeza cualquier porquería… – maldijo, quitando el guante y limpiándose las narices desde el trineo. – Todo es culpa del libro…”
Sin embargo abrió en la mitad y siguió leyendo. En la Última Cena los conspiradores le disparan balas al gobernador. Pero hay un traidor entre ellos. Él entrega a los compañeros y muriendo se vuelve un héroe. “¿Y qué hay de extraño en eso? – Tosiendo en el puño, Ilarión Evgráfovich acarició su barba, – no se puede violar el juramento… Y para los rebeldes hay una horca…” Ya tasaba la plata y mentaba la madre a todos los griegos y judíos. “Cualquier apicultor lo inventa mejor… – le estaba dando vueltas al libro en las manos. – Lo más probable es que el Pajarito les tomó el pelo a todos…” En la vuelta el trineo se movió bruscamente, se inclinó. Matveich casi se cayó del asiento, Ilarión Evgráfovich dejó caer el libro. “Mantén derecho… – gritó él. – Estoy leyendo…” Después de haber quitado la nieve él quiso entender por qué el traidor se volvió el héroe, pero otra vez no encontró la página anterior. “No importa, – desdeñó, – Voy a leer al azar…” Apretándolo a la rodilla, él se puso a chasquear las páginas como si fuera baraja, y abrió con la uña al azar. “Ilarión Evgráfovich Palomino Vergara estaba en el camino a su hacienda, – se abrió. – La capa de nieve helada estaba crujiendo, las cimas de los árboles aguijaban el sol, y el cochero daba chasquidos gallardamente”... Ilarión Evgráfovich se pellizcó la mejilla, y por no sentir el dolor pensó que la tenía helada. “Eso ya es demasiado aburrido, – pensó él, – Qué más se puede hacer aquí si igual en la tarde ya estaré en Monteyculebra…” Y empezó a imaginar cómo se iba a frotar la mejilla con el vodka[8].
Ellos daban más y más vueltas, las verstas[9] se pegaban al trineo, y en los montones de nieve se reían a carcajadas los demonios. Ilarión Evgráfovich ya estaba bastante aburrido con el libro, se puso a bostezar y ahora se veía desempeñando el papel de Hamlet en el teatro. Aquí está apareciendo la sombra del padre Rey, aquí está sollozando en su hombro Ofelia, y detrás de la cortina está Polonio, parecido a Matveich, entornando los ojos con astucia. Y de repente Ilarión Evgráfovich se da cuenta que desde la sala oscura alguien está descartando a los actores, quitándolos del escenario como las piezas de ajedrez. El espectáculo se reducía como la piel de zapa[10], que tenía los papeles escritos en los bordes, y al final Ilarión Evgráfovich se quedó solo. “Ser o no ser” – se quedó petrificado al borde del escenario y extendió los brazos como un espantapájaros. “No ser”, – se oyó un eco sordo desde la oscuridad. El horror se apoderó de Ilarión Evgráfovich. De repente se dio cuenta por qué desaparecían los personajes: se morían antes del plazo porque detrás de las espaldas de Shakespeare estaba otro autor quien deslizaba su pluma…
Ilarión Evgráfovich maldijo. Él ya no se atrevía a leer seguido, sino se apropiaba de las frases separadas como lo hacen las señoritas adivinando en las Pascuas de Navidad. “Cuando Dios creaba el tiempo, Él lo creó suficiente”, – leyó él al azar. “Cuando tengo cosecha, los holgazanes se burlan”, – se rio Palomino Vergara. Pero de repente le vinieron unos pensamientos extraños. Le pareció que estaba andando adentro de un huevo gigantesco con una cáscara brillando como la nieve, y que nunca iba a llegar a su Monteyculebra. “De pronto la vida es un laberinto que no está construido para nosotros, – le impactó esta frase en el libro, – y en la casa de otro no tiene sentido buscar la puerta…” “Ni lo piensen, – se rio Ilarión Evgráfovich otra vez. – Seguramente voy a mi casa…” Sin embargo no estaba para reír. Para saber el final él quería regresar a la narración sobre sí mismo. Baboseando los dedos él arrugaba el papel convulsivamente, pero sólo lo manchó de saliva. Entonces se fijó el remiendo en la espalda de Matveich, y no se atrevía a llamarlo. Le dio miedo. De repente se dio cuenta que el otro hace rato se había perdido y ahora por el miedo de reconocerlo estaba por ahí sin conocer el camino.
El destino nunca es recto, siempre va haciendo curvas antes de llegar al cementerio”, – se puso de mal agüero el libro. Antes no le hubiera prestado atención. Haciendo unas muecas uno al otro así filosofaban en el henil sus vasallos Andrey Fadeev y Fadey Andreev, los que él siempre confundía. “Para eso existe la iglesia, – los amenazaba con el dedo, – y filosofar por su cuenta es lo mismo que desencajarse los ojos en el trastero…”
Pero ahora el crepúsculo se ponía más denso, la nieve se pegaba al patín, y los ojos se cegaban por la ventisca.
Por un momento sintió lástima de sí mismo, él imaginó la cara acalorada de Pajarito, las peleas con la nobleza y los suspiros fingidos de la servidumbre.  “Ay, bárin, bárín[11] señor…” – se van a lamentar las viejas de la aldea, y las señoras del salón van a sollozar recelando por sus narices empolvadas. Entonces Ilarión Evgráfovich pensó que todo el mundo es Turquía, donde todos ora se pelean ora se lamen como perros…
Las estrellas quedaron pendidas en el cielo. Pero ya no se podía distinguir las letras, tampoco la coronilla de Matveich. Se le pusieron azules los labios a Ilarión Evgráfovich, y en sus bigotes se enredaban los carámbanos. Por el frío le daba diente con diente, pero no oía el golpeteo. “Como si fuera un espíritu”, – pensó él y tiró el libro a la nieve.
A Matveich lo encontraron helado sólo en primavera. El cadáver estaba mordisqueado por los lobos, pero lo reconocieron por la zamarra rota. A Ilarión Evgráfovich no lo encontraron jamás. Corrieron rumores que se hubiera perdido en el libro después de haber encontrado la narración sobre sí mismo. Porque antes de llegar él tenía que leer sobre su llegada. Y antes de terminar de leer – llegar…






[1] Vatrushka es una especie de pastel ruso con requesón.
[2] Bey es un título entre los árabes.
[3] Ispravnik es un jefe de policía de distrito en la Rusia zarista.
[4] “Cochero, no fuerces a los caballos” (en ruso «Ямщи́к, не гони́ лошаде́й») es una romanza rusa de los comienzos del siglo XX.
Cochero, no arrees a los caballos,
Ya no tengo más prisa para llegar,
Ya no tengo a quién amar,
Cochero, no arrees a los caballos.
[5] Anguarina (en ruso «зипун», zipún) es un abrigo ruso antiguo.
[6] Uha es una sopa de pescado.
[7] Matrioshka es una muñeca de madera con vestido ruso campesino, que contiene otras de menor tamaño.
[8] Se frotan las mejillas con vodka o con alcohol para descongelarlas después de someterse al frío severo.
[9] Versta es una medida de distancia en la Rusia zarista.
[10] La piel de zapa (en el original en francés: La peau de chagrin) es una novela de 1831 del escritor y dramaturgo francés Honoré de Balzac (1799-1850). La obra cuenta la historia de un joven que recibe un pedazo de piel o cuero mágico que satisface cada uno de sus deseos. Sin embargo, por cada deseo concedido la piel se encoge y consume una porción de su energía vital. Se refiere a algo que se desaparece irreversiblemente todo el tiempo.
[11] Barin es un noble, terrateniente, aristócrata o alto funcionario en la Rusia zarista.

Carlos García Rad (San Cristóbal, Venezuela 1974) y Dmitry Filippov (Kirishy, 1982)

Carlos García Rad (San Cristóbal, Venezuela 1974) Licenciado en Letras, con mención en Historia del Arte por la Universidad de los Andes. En el año 2000 fue primer Premio Daes de Poesía de la ULA, con la publicación de El libro de las luciérnagas. Ha sido publicado en webs y revistas literarias como Incomunidade (Portugal), Los Poetas del 5 (Chile), Panorama Cultural (Suecia), Alhucema (España).


TRES LUCES

La luz entra por la ventana, a pesar de las cortinas. Alumbra apenas la habitación en penumbra. Adentro el ambiente es de ocaso. Hay pájaros invisibles volviendo a sus nidos cansados. Todos mis pensamientos regresan también como esos pájaros.  El nido de mi pecho los acoge como la tierra acoge a los muertos. Ya es de noche, el imperio del luto se expande a sus anchas. Los colores son apenas recuerdos lejanos. ¿Era azul aquella camisa en el piso? Me acerco a verla. ¿Era verde acaso? Hace frío. Me pongo la camisa. Puedo ver aunque es de noche. Puedo ver las manchas de sangre en la almohada, aunque es de noche. Recuerdo cuando ella se cayó rompiéndose la cabeza. A ella no la puedo ver, aunque es de noche. Todo ocurrió en un momento de distracción, no fue culpa de nadie.
La noche se cierra como párpados cansados. Ya no puedo ver nada, abro los ojos, los cierro. No hay diferencia. ¿Estaré soñando? Poco a poco emerge una imagen de las tinieblas. No sé si tiene luz propia, o la alumbro yo con mis ojos como los faros de un carro.
Se empieza a definir una silueta luminosa como holograma. Es femenina. Se ve pero no se puede tocar. Empieza a tener rostro, al menos ojos. Me mira. La miro. Parece no tener peso. Se mueve por la habitación incorpórea, fantasmal. Pero no es un fantasma. Está viva. ¿Será ella? Todo se va a negro de nuevo. Ella no está. Empiezan a aparecer luces circulares de colores. ¿Es posible el color sin luz? ¿Es mi mente la que proyecta estas cosas? De nuevo no puedo ver. Intento ir hacia la puerta, pero no la encuentro. Solo encuentro la cama y la almohada aquella con su sangre. Ella se cayó y se rompió la cabeza. No fue mi culpa, tampoco de ella.
Los perros ladran. Parece que hay gente alrededor de la casa, aunque puede ser paranoia. Vuelven las luces circulares. Parecen el centro de un ojo. De un único ojo gigante, siento que me mira un cíclope negro. Me asusto. Cierro los ojos. No cambia nada. El ojo sigue ahí mirándome furiosamente, como si me dibujara. Los perros ladran rabiosos. Oigo pasos afuera, busco la puerta inútilmente, recorro las paredes como un ciego. Una, otra, otra más. Me falta una. Pero el ojo está justo ahí, esperándome. Los perros siguen ladrando, ahora con tanta rabia que si lo hicieran más fuerte morirían. Escucho voces afuera. ¿Serán reales? ¿Estaré soñando? Toda la situación está fuera de control. El ojo crece cada vez más. La silueta femenina aparece de nuevo. Está acostada sobre la almohada. La luz de su cabeza alumbra las manchas de sangre. Pero ya no se mueve, parece que está muerta. Pero resplandece. Escucho ruidos violentos dentro de la casa, hay voces de hombres. Tocan la puerta, una y otra vez. Cada vez más fuerte. La puerta está en el centro del ojo del cíclope negro. La puerta se rompe en pedazos de un solo golpe y entra una luz como un relámpago intensísimo y prolongado que me ciega. Es una ceguera blanca.  Levantan mi cuerpo de la cama. Afuera se escuchan sirenas, lo último que veo son tres luces: una blanca, otra roja y la azul.


Dmitry Filippov (Kirishy, 1982). Graduado de la facultad filológica de la Universidad Nacional de Leningrado A. S. Pushkin. En este momento trabaja en la Casa de la Juventud “Tsarskoselsky”. Publicó sus obras en las revistas literarias “La Bandera”, “El Norte”, “Volga”, “Nevá”. Laureado del premio “La Literatura Alternativa” 2012”, la lista larga del premio “Primera Obra” 2012 en la sección “prosa corta”, finalista del premio ruso-italiano “El Arco Iris 2013, 2014”. Es autor permanente de los periódicos “La Rusia Literaria”, “El Día de la Literatura”, “El Periódico Literario”. 
Traducción al castellano por Olga Slyunko

MANZANAS

En el zaguán olía a manzanas y a algo íntimo que no se podía definir en palabras exactas. La penumbra mostraba las siluetas de katiuskas, cestas, los frascos cubiertos de polvo en los anaqueles, una nevera vieja, un montón de chaquetones acolchados y camisolas viejas amontonadas. Gleb absorbió con las fosas este aire conocido y se sintió un poco alarmado. Con esa espina entró a la casa.
El suegro estaba sentado en la mesa limpiando pescado. En la jardinera acababan de madurar las manzanas, y ese olor a manzanas y pescado le contrajo los pómulos y llenó la boca con la saliva hambrienta.
-              Buen día, tío Nicolás, - dijo Gleb.
El suegro no se volteó, sólo sacudió las escamas pegadas al cuchillo.
-              ¿Puedo pasar la noche?
-              Dale.
El suegro puso el cuchillo al borde de la mesa. Se volteó.
Los hombres se miraban el uno al otro con mucha atención, royendo lo oculto, lo que no se ha dicho en voz alta.
Un pez desgarrado estiró con fuerza la cola, y con este movimiento convulsivo se tambaleó el mundo.
-              ¿Qué haces ahí parado?... Pasa.
Gleb se quitó la ropa de una forma cansada y pesada, estaba mucho tiempo enredándose con los cordones mojados, al fin se enderezó, pero no completamente, con el peso encima de los hombros inclinados. Miró alrededor. Intentó reconocer la casa. Las cosas habituales no reconocían a Gleb. La cama, la mesita, el armario, el busto de Lenin en la cómoda – todo atento, todo lo que no recuerda el tacto de sus manos. Desapareció la foto donde estaba con la mujer y el hijo al lado del invernadero, - un espacio vacío en la pared. Sólo un cuadro que se había protegido del polvo (treinta por cuarenta) entorpecía la vista.
-              Tus cosas están allá atrás. Ninka los empacó antes de irse.
-              ¿Dónde está ella?
-              En la ciudad.
-              Lo sé, ¿dónde exactamente?
El viejo se rio, pero dijo con dificultad:
-              Donde Sazhin.
-              Claro. ¿Hace tiempo?
-              Por allá un mes y medio.
En el zaguán faltaba el cochecito, pero Gleb lo pensó de una manera aislada. Sólo un pensamiento. Pasó como un relámpago y no dejó huella.
Su cuarto perdió el olor. ¿Y a qué olía antes? Gleb trató de recordar y ya no podía, como si hubieran pasado diez años. Las servilletas para niños, los cojines de lana de camello, los pelos de Nina, el peluche, los libros en los estantes – todo eso olía a comodidad. Y, sobre todo, el olor a caramelo que tenía el hijo… ¿Dónde está todo eso?
El hombre se sentó en la cama.
Entró el suegro. Puso ropa de cama en la silla.
- ¿Caliento el sauna?
- Sí.
Marsik – un gato blanco pelado con una ceja desgarrada, – entró corriendo al cuarto, saltó a la cama y puso la cabeza en las rodillas de Gleb. Como queriendo decir: “te reconocí, resiste”. Se le formó un nudo en la garganta. Para ahogarlo Gleb empezó a acariciar al gato con intensidad. El gato entendía, aguantaba y no se escapaba. Sólo ronroneaba con la garganta y batía la cola con fuerza sobre la cama.
Al fin sintió el alivio. Exhaló, se quitó de encima al gato. Se acercó a la ventana, tomó una manzana de la ventana, la pesó con un gesto suave, la tiró y devolvió al lugar donde estaba. Detrás de la ventana, en el lindero de la aldea, se congeló en el paisaje un abedul[1] centenario. Unas cigüeñas hicieron un nido en la misma cima. Gleb miraba a ese nido. No estaban las cigüeñas. Pero él miraba y las esperaba.
El suegro regresó de la calle, chancleteó a la cocina. En un par de minutos la sartén comenzó a chisporrotear.
Gleb sacó de la mochila una capa de camuflaje estropeada, se cambió.
-    Vente a cenar, llamó el suegro.
En la sartén estaba humeándose una brema[2] frita. En la mesa había pan negro[3], cortado bruscamente, pepinillos salados y salo[4]. Una botella de vodka. Dos copas gorditas grandes. El suegro miró a Gleb dudando.
-    ¿Para qué pusiste eso?
-    No es asunto tuyo.
-    No seas grosero. Te estoy hablando en cristiano.
-    Y yo qué, ¿en chino?
-    ¿Vas a tomar vodka?
Gleb tragó la saliva con glotonería.
-    .
-    Entonces sirve.
Gleb se sentó en la silla crujiente, desenroscó la tapa con un solo movimiento brusco, llenó las copas hasta los bordes.
-    Por el regreso, - dijo el suegro. – Porque sigues con vida.
Brindaron y tomaron.
El vodka cayó al estómago vacío y lo quemó. Gleb se arrugó.
-    Come.
Los hombres se lanzaron a devorar la comida. El suegro comía con importancia, masticaba de forma imponente, ponía al lado con cuidado las espinas pequeñas al borde del plato. Gleb masticaba con avaricia y agitación, llenando el estómago con el pescado caliente, pepinillos, salo, - tragando todo lo que había. Sirvieron otra más, tomaron.
-    ¿Qué vas a hacer?
-    No sé. Voy a trabajar.
-    Tienes una mirada vacía. Tienes que recuperarte.
-    Lo voy a hacer.
-    Claro que sí. No hay otra. Perdiste la esposa, el hijo…
-    Cállate, tío Nicolás.
-    Y si no, ¿qué haces?
-    Te corto la garganta, - pronunció pausado, sin rabia, y esa calma daba miedo.
-    Te convertiste en un animal.
Gleb no respondió nada. Sirvió otra copa.
-              Por todos... – y sin esperar al suegro, volteó la copa valientemente.
-   No te emborraches. No voy a atender a un borracho.
Gleb se quedó callado otra vez. Sólo los ojos brillaban con una luz firme, aguerrida en la sangre.
El sauna olía al calor de cien mil soles, pero ese calor no inquietaba sino calmaba. Sólo la cruz de cobre colgada en su pecho se puso incandescente de inmediato, y Gleb echándole la madre arrancó la cadena de prisa. Se sentó en el banco de estufa, tapó la cara con las palmas, esparciendo las gotas de sudor. Se puso roja la cicatriz en el antebrazo derecho. La bala atravesó de lado a lado, la herida se cicatrizó rápido, pero ahora en el sauna el brazo le empezó a doler de una forma aguda, como si le hubieran metido un clavo. El cuerpo estaba flaco, arrugado. La piel blanda con el vapor dibujaba en rojo las curvas de las costillas. Por el calor, además de los pensamientos raros y dulces, se le endureció… la carne, y Gleb pegó un salto, se puso a andar de un lado a otro secándose de la frente gotas de sudor y cubriendo con eso todo el cuerpo. Al fin no aguantó, se acercó al tanque de agua fría y se metió adentro de cabeza. Se elevó con rapidez, resopló. Luego llenó el tazón, se duchó, empezó a respirar con ruido y frecuencia. Se calmó. Los pensamientos dulces se fueron. Vadim, un zapador[5] joven del batallón decía que no es un pecado corrérsela, según él, para un zapador es sano corrérsela, así está más tranquilo. A Vadim lo alcanzó una granizada de balas cerca de Debaltsevo[6]. Lo tuvieron que armar por pedazos.
Gleb puso agua hirviendo a unas ramas de roble frescas, se echó agua otra vez y salió al vestuario. Una nube de vapor se elevaba del cuerpo rojo hacia el techo. Gleb sacó los cigarrillos y se puso a fumar con la puerta entreabierta. El aire fresco le acarició la espalda. Después tomaba el baño de vapor hasta fatigarse, se daba latigazos fuertes con las ramas, dejando en el cuerpo los fucilazos púrpura hinchados. Se sacudía la desesperación, llenando los vacíos con el olor húmedo a roble. Fue un rezo. Por los vivos y muertos, por el hijo, por lo que todo no es en vano, no es en vano…
El suegro le alistó una camisa limpia.
-    Cámbiate.
Gleb se quitó la capa de camuflaje.
-    ¿Qué es eso? – el suegro señaló los abscesos pequeños medio secos en el pecho.
-    Apagaban los cigarrillos.
Se quedaron callados un momento.
-    Ay de ti, muchacho, muchacho...
-    Se va a cicatrizar la herida antes de que me case. – Gleb trató de reírse sin ganas.
-    ¿Cuánto estuviste... donde ellos?
-    Cincuenta y dos días.
El suegro meneó la cabeza.
-    Tío Nicolás... – en la voz de Gleb apareció el tono pedigüeño. – ¿Hay más para tomar? El suegro escupió y fue a la cocina. Salió con la nueva botella.
-    La última.
Tiró la copa a la mesa con asco.
-    Te vas a dar a la bebida.
-    ¡No me importa!
Gleb tomaba de una manera penosa y pesada. El vodka tibia no le entraba, y él la empujaba hacia adentro con esfuerzo, tragando el mal sabor y comiendo la cebolla fresca crocante. Su mirada se nublaba, llenándose del pasto de pantano. Se le explotaron los capilares en los ojos, los blancos se cubrieron con líneas rojas. El suegro se sentó en el sillón y prendió el televisor. En la pantalla los tipos buenos cazaban a los malos. Una serie larga sin fin que imita a la vida. La presentan muchos años seguidos. Se cambian los actores, los directores, el guión, el nombre, pero la serie es la misma: una porquería sin salida.
-   ¿Es interesante? – preguntó Gleb.
-    Normal.
-   Si está normal, mira entonces.
-   Lo estoy mirando.
Gleb no terminó el vodka. Dejó caer la cabeza encima de la mesa y comenzó a roncar silbando ebrio y de manera pegajosa. El suegro le mentó la madre, se acercó a la mesa y abrazó al muchacho por detrás. Lo alzó de un solo empujón brusco.
-   Dale, dale Cochino…
Lo arrastró al cuarto. Gleb bramaba y estaba fuera de sí, borracho. Lo acostó en la cama y lo cobijó. Varios minutos estaba mirando al muchacho hundirse al sueño tan esperado. Luego salió para hacer una llamada.
-   Aló... Nina... Sé que es tarde. Vino Gleb... Está durmiendo... Sólo estoy llamando para que sepas… ¿Le digo algo?... Bueno, como quieras… Dale, chao.
Sacó el cigarrillo, encendió un fósforo con rabia, dio una fumada con placer.
En la casa puso los restos del vodka en el vaso y lo tomó en tres grandes tragos. Los pasó con unos aritos de cebolla.
El suegro no podía dormir mucho tiempo dando vueltas en la cama. La luna llena iluminó a través de las cortinas, cortando la cómoda con una raíz fría de plata. Lenin estaba mirando a este mundo con una inclinación sabia. El suegro salía a fumar, regresaba y otra vez se acostaba en la cama. No había sueño. Tampoco había sosiego en el alma.
A media noche Gleb empezó a gritar. Un bramido prolongado de bestia llenó por completo toda la casa, exigiendo su salida y lanzándose al cielo. El gritar borracho de Gleb daba miedo, salía de otro mundo, lo agarraba por los labios y no lo soltaba, retorciéndolo.
-   ¿Qué pasó? ¿Qué?
El suegro se acercó corriendo, agarró al muchacho por los hombros, se puso a sacudirlo, queriendo despertar, pero Gleb no estaba dormido. Sus ojos estaban abiertos de par en par. Él miraba al suegro, no lo reconocía y seguía gritando, enroscando en los oídos el sedimento sucio, dolor y algo más absoluto e inhumano, que lo estaba arrastrando al fondo.
-   Qué vaina...
El suegro le tapó la boca con la palma, pero de inmediato pegó un grito y retiró bruscamente la mano mordida. Le dio un puño en la cara.
Gleb no sentía el dolor, seguía gritando, parando sólo para una inhalación rápida.
-   Qué vaina contigo muchacho…
Gleb se encogió en la cama, doblando las piernas, como hacen los fetos en la barriga de la madre, tratando de esconderse de algo horrible que lo estaba alcanzando. Pero no logró esconderse, y seguía gritando con una garganta ronca, incapaz de soltarse de ese delirio del sueño.
Y entonces el suegro agarró una manzana de la ventana y la metió en su boca. Las gotas empezaron a volar a diferentes partes. El sabor ácido de la niñez tocó la boca, y ese momento del reconocimiento restituyó el equilibrio al mundo.
Gleb se atragantó y rompió en sollozos, y el suegro agarró su cabeza y la apretó a su pecho, recibiendo con el regazo anciano la manzana mordisqueada. Mientras el otro agarró al anciano con sus manos delgadas nudosas y se pegó a él como un bebé, esparciendo las lágrimas y los mocos con la esperanza de que lo acariciaran y protegieran.
-   Bueno, ya, ya pasó muchacho, ya...
El desmayo retrocedía. El suegro acariciaba a Gleb por la cabeza erizada, el otro lloraba a su barriga, chillaba como perro golpeado, y en toda la tierra rusa no había dos personas más cercanas.




[1] Abedul es el nombre común para Betula, un género de árboles de la familia Betulaceae, un árbol más común es Rusia que forma parte de la cultura rusa desde la antigüedad.
[2] Brema o plática (Abramis brama) es un pez de agua dulce que habita en los ríos y lagos de Irlanda, Reino Unido, centro y norte de Europa, y Rusia.
[3] Pan de centeno muy común en Rusia.
[4]Salo es una receta típica de Ucrania, Rusia y Europa del Este consistente en tiras curadas de tocino de la espalda del cerdo o más raramente panza de cerdo. Típicamente en las versiones del este de Europa se sala o fermenta en salmuera y suele tratarse con pimentón u otros condimentos, mientras las del sur se ahúman a menudo.
[5] Los zapadores son los soldados que se dedican a la construcción de puentes y otras estructuras en tiempos de guerra. Además limpian o plantan minas terrestres y se encargan además de las demoliciones.

[6] Debáltsevo es  una ciudad de Ucrania donde en julio 2014 empezó el conflicto armado entre el gobierno ucraniano y los revolucionarios. Desde el febrero de 2015 forma parte del estado autoproclamado de la República Popular de Donetsk.

Renata Durán (Bogotá, 1950) y Alla Samokhina (Moscú, 1964)

Renata Durán (Bogotá, Colombia 1950). Ha publicado los libros   Muñeca rota (1981), Oculta ceremonia , (1985), Sombras sonor...