Miguel Antonio Chávez (Guayaquil, Ecuador, 1979) y Boris Landa (San Petersburgo, 1948)

Miguel Antonio Chávez (Guayaquil, Ecuador, 1979) es un escritor y gestor cultural ecuatoriano. Estudió Comunicación Social con especialización en Redacción Creativa (Universidad Casa Grande) y Relaciones Internacionales y Diplomacia (Universidad de Guayaquil). Trabajó como redactor creativo en las agencias de publicidad de su país natal. Posteriormente, se dedicó a la gestión cultural en el sector público. Sus obras: Círculo vicioso para principiantes (cuentos. Cuenca, Ecuador, 2005). La maniobra de Heimlich (novela. Lima, Perú, 2010; La Habana, Cuba, 2013) La kriptonita del Sinaí y otras piezas breves (teatro. Quito, Ecuador, 2013) Conejo ciego en Surinam (novela. Penguin Random House Grupo Editorial Bogotá, Colombia. 2013).


AVENTURAS DE UN GRUPO DE BECARIOS EN UNA UNIVERSIDAD NORTEAMERICANA

Anelius Borda llegó con las viandas que le hacían falta a su papá, y lo sorprendió leyendo un libro de relatos de Rodrigo Rey Rosa. Anelius le preguntó por él ya que nunca lo había leído.
–Lees pendejadas de vieja, por eso no sabes quién es. Irónico que yo sepa más de narrativa contemporánea que tú. Hay un cuento en este libro, La niña que no tuve, es una bala tierna al alma. Una niña con una enfermedad terminal que a ratos parece más inteligente y madura que su padre para afrontar la situación. Joyita nihilista. Si pudiera escribir haría un ensayo sobre ella.
–Escríbelo y ya.
– ¡Ja! Me habla el nene Reader's Digest. ¿Crees que esto es cosa de soplar y hacer botellas?
Anelius Borda iba a contarle de su invitación a Idaho pero sintió que sería inútil. Lo miró fijo como él le había enseñado a mirar a los perros para intimidarlos. En el barrio en que creció había muchos de ellos, sin dueño la mayoría. Luego de las interminables inyecciones antirrábicas alrededor del ombligo por las que tuvo que padecer el pequeño Anelius, su padre trató de llenarlo de valor enseñándole aquel secreto para que no volviera a ser presa fácil. Lo sentó y se lo contó como si se tratara de una revelación mesiánica.
Crack.
–Mi estómago…
–No estás enfermo, papá. Tú lo sabes.
–Estoy más flaco, ¿no te has dado cuenta?
–Porque no comes, eso es todo… –Anelius se sobresaltó al revisar la pila de libros que tenía junto a su sillón como si fuera agente antinarcóticos o, literariamente hablando, algún bombero piro maniaco de Fahrenheit 451–,… El mal de Montano, La náusea, La amigdalitis de Tarzán: ¿qué es esto: literatura para hipocondríacos? ¡Cómo no te vas a sugestionar!
–Es cierto, no estoy enfermo. Es más difícil de entender de lo que piensas.
–Inténtalo.
–Los cristianos, en su Nuevo Testamento, tienen las epístolas de Pablo; en una de ellas él dice: Vivo, mas no yo, es Cristo quien vive en mí. Bueno, yo puedo decir que alguien realmente vive en mí, a quien puedo sentir y con quien a ratos hasta puedo hablar.
–Dile a tu amigo imaginario entonces que te haga también las compras de la semana.
–Anelius, no me estoy quejando, solo quiero que me dejes tranquilo.
–No te entiendo, entonces para qué me llamas sollozando como moribundo.
De súbito el viejo empezó a retorcerse, se agarró del estómago, como si estuviera sobre el lomo de una serpiente marina. Pero el viejo parecía ducho en las maniobras de ese tipo de exorcismo, hasta que se incorporó y dio un largo respiro. Sudaba.
–Ya pasó… La hiciste enfadar, no le caes bien.
– ¿De quién coño me hablas?
El viejo le habló de su huésped interno, una especie tan antigua que hasta Hipócrates, Aristóteles y Teofrasto hablaron de ella y a quien llamaron platelminto, por su parecido con cintas o listones. Luego Celso y Plinio el Viejo acuñaron la expresión en latín “lumbricus latus”, gusano ancho. Pero tuvieron que pasar siglos hasta que Carlos Linneo incluyera en 1758 en la décima edición de su Systema Naturae a la Taenia solium.
–Cuando se lo conté a ella por primera vez, le dio gusto conocer la historia de sus ancestros. Bueno, digo ella como un convencionalismo mío, porque es hermafrodita... El punto es que le encanta que le lea, de hecho siento que ya no leo para mí sino para ella: con sus ventosas no solo absorbe mis nutrientes sino también mis conocimientos. ¡De ese modo hablamos un mismo idioma y nuestros temas de conversación no se agotan!
Anelius no sabía si compadecer o sentir coraje por esa bizarra relación filial que su padre tenía con una lombriz asquerosa que era capaz de crecer hasta 10 metros de largo, alojarse en los intestinos y que solo podía expulsarse por vía anal, y cuyos huevecillos microscópicos liberados en el ambiente podían ascender a millones. De todos modos, ¿cómo lo podía saber el viejo si él no se había practicado un examen, o al menos eso es lo que Anelius creía? Una situación tan confusa como esta lo obligaría a estar más tiempo con él y posiblemente podría malograr su viaje a Idaho.
– ¿Por qué esa cara? Todos en esta vida hemos sido parásitos de un organismo superior. Tú, por ejemplo, parásito de mis lecturas.
– ¿Por qué me haces esto, papá? Justo ahora, que tengo un viaje muy importante.
–Viaja, hombre, viaja, que eso es lo que te hace falta, dejar las revistas de salas de espera, conocer más el mundo.
Timbre.
– ¿Esperas a alguien?
–Ah, sí. Unos amigos. Nos reunimos a esta hora.
– ¿Amigos? Tú nunca recibes a nadie.
Entraron, en bloque, eran hombres y mujeres de distinta edad. Saludaron al viejo palpándole el estómago y este les devolvió el saludo de la misma manera, pero por los gestos y movimientos de los visitantes, no se asemejaba a un gesto espontáneo de afecto sino más bien al código establecido en una cofradía secreta. Se sentaron, y sin que el viejo se los dijera, miraron brevemente hacia Anelius –que estaba junto a la ventana– con una mezcla de curiosidad y desconfianza, hasta que regresaron a sus asuntos y lo ignoraron por un momento. Hablaban pero no hablaban; de ellos mismos, es decir. Era como si se proyectaran a través de sus vientres y no de sus bocas. Lo único que hacían era servir de intérpretes a una voz de su interior, y lo exteriorizaban en palabras sucintas para que lo supieran los demás, aunque no parecía ser necesario. Decir telepatía quizá era lo apropiado. Decir que eran seres solitarios, también. Y también que las solitarias en pleno tomaron una decisión trascendental para su futuro. Y que Anelius Borda estaba con prisa y su vuelo no esperaría. Y que ahora ellos, ellas o lo que fueren, escuchaban gratis clases magistrales en Idaho, Wisconsin, Gales, Oslo y San Petersburgo para hacer algo en sus largos ratos de ocio.




Boris Landa (San Petersburgo, 1948). Nació hace mucho tiempo. Estudió bastante, se casó muchas veces, trabajó poco, ha vivido por aquí y por allá. En este momento reside con los amigos en la Isla Margarita, Venezuela, donde estudian filosofía en la escuela de Pitágoras.

Traducción por Olga Slyunko.


EL PLUTONIO

Yo estoy con el grupo de físicos rusos en el laboratorio de Los Palamós en Nuevo Méjico. Los lugares mágicos inalcanzables – cañones, mesetas, cuevas, ruinas de santuarios indígenas y símbolos rupestres de las antigüedades milenarias. Cincuenta años atrás aquí se creó la primera bomba atómica.
Un físico americano, nuestro huésped, abre un armario de vidrio y pregunta: ¿quieren sostener en las manos el plutonio? Aprovechando mis conocimientos del inglés antes que alguien responda rápidamente digo: yes. Él saca un cofrecito del armario, del cofrecito – un cilindro metálico del tamaño de un encendedor.
Él pone el cilindro en mi palma extendida. Por el peso inesperado la mano baja. El Plutonio está en mi palma. Cálido. Suave, estable, constante. No es el calor de una tetera o de un gato. Es diferente. No es calor de algo sino el calor como tal. Irradiación. Y algo parecido a la felicidad. A una risa iridiscente de un niño o una mujer que suena en alguna parte aguda modular estridente.



EL CARTEL

Muchos me difaman
Y ahora me afanan.
¿Por qué bromeo feo?
Qué les importa – así lo quiero.
Aleksandr Serguéyevich Pushkin[1]


 Estoy con el grupo de físicos americanos en Chernobyl, unos diez años después de la catástrofe. Estamos amontonados en un ex taller enorme, donde están ahora los contenedores entre el óxido y el sucio de los químicos líquidos de baja radiación. Los invitados americanos están interesados en las condiciones de su almacenamiento. Los anfitriones rusos están explicando, yo traduzco. En la pared está colgado un cartel soviético antiguo de los tiempos anteriores a la catástrofe: un obrero dibujado y las letras impresas llamando a la seguridad en la producción. Miro con los ojos desorbitados el cartel. Lo admiro. Literalmente lo deseo.
El cartel abandonado, descolorido, que no sirve para nada lo quitan de la pared y entregan fácilmente a un tal extranjero, tal honrado, tal invitado.
Me doy cuenta de que el cartel es radioactivo, por eso tiene mucho más valor para mí que su calidad artística. Quiero que irradie en mi habitación en el hotel de Chernobyl, en mi maleta, entre calzones y camisas, en la casa de Nueva York. ¿Para qué? El cartel se siente muy diferente del plutonio: no es puro ni alegre. Pero quiero conocer lo que Tú conoces. Sí hay una diferencia entre nosotros, incluyendo la dosis, que yo no puedo recibir ni menos sobrevivir. El cartel es un chance de tocar algo. Comulgar. Por eso no me limpio los dientes y estoy calvo, me dejo crecer una trenza y la ato con un moño en la nuca al frente del espejo, apareciendo ahí como un bobo. De verdad se ve como una bobada – querer ser Tú. Pero, ¿qué les importa? Así lo quiero. Y no existe un artículo así en el código penal – pueden abrirlo en cualquier página. Allá está escrito entre las líneas con la tinta invisible – el amor es la única razón de la muerte.


MI PRIMER CANTO GLORIOSO

Siempre estamos acampando...
Bulat Okudzhava[2]
   

     Entré a primer año en la universidad americana: tenía veintiocho, y estudiaba con los de dieciocho. El inglés estaba incluido en el programa obligatorio. La simpática, inteligente, con buen sentido de humor, mi contemporánea filóloga, no sé cómo más llamarla, nos dio la tarea de escribir una composición con un tema libre. Filología es el amor a la palabra, a la literatura. Y ella lo tenía. Y había una sencillez, donde uno podía respirar con calma, donde no hay espacio a los pensamientos perversos. Nos encontrábamos solamente en el salón – dos adultos acompañados con los niños. Los niños no nos molestaban. Eso es difícil de interrumpir. Yo no sabía nada sobre ella, ni ella sobre mí. Estábamos suficientemente cercanos para no dañarlo con el conocimiento personal excesivo. Yo también le caía bien. Quería escribirle algo notable, algo que no conociera. Digamos, algo masculino y ruso. Pensé en escribir sobre las marchas peligrosas, sobre El Ural Sub-Polar[3] y Carelia[4], sobre las valsas rompiéndose contra las rocas, sobre canoas hundiéndose entre los rápidos, sobre el hambre, el frío y la hermandad. Así lo pensé. Pero salió diferente. Escribí sobre lo mejor que había en aquella vida que parecía haberse esfumado para siempre. Sobre Ti. Era un canto glorioso, aunque en aquel entonces no sabía nada sobre eso. Escribí sobre ti mujer, quien me regalaba un inglés sencillo noble y musical. Su inglés. Era un idioma imperceptiblemente femenino. Y la voz, que uno quería escuchar y regresar a su lado. Qué bueno que no recuerdo, que nunca sabía su sencillo nombre americano, con el que la cargaron los gentiles padres de Oklahoma o Nebraska. Aunque no creo que tuviera padres ni nombre. Pero ¡como lo pronunciaba! – “me llamo…”. Dios mío, ¡qué cosa puede hacer la entonación entre las personas! ¿¡Y el tono?! Una confianza increíble surge a pesar de todo. Surgió entre nosotros dos, y le confié lo mejor que tenía. Y me puso la mejor nota.
Era un canto glorioso convirtiéndose lentamente al discurso fúnebre, ya que al final de la composición supuse que ya te habías entregado al alcohol o lo estabas haciendo. Te enterré. Era claro que no íbamos a vernos de nuevo. Era el sufrimiento sincero y gratis a la cuenta del difunto. La juventud imaginándose madura se pone una máscara trágica, pensando que eso le gusta a una mujer.
La ortografía y puntuación de la composición eran perfectas, porque la revisó mi educada esposa americana. Pero me pareció que ella no quedó contenta con mi obra maestra literaria. Exactamente en aquel momento estaba construyendo un nido para los planificados pero todavía no concebidos pajarillos, y en la composición había alguna frase diciendo que en el único lugar donde me sentía en casa era cuando salía a acampar contigo. Eso la inquietaba. Más que pasadas, futuras o imaginarias mujeres.Era una acatista,
Ahora se fueron todas. Las pasadas, futuras, las primeras y últimas. Y seguimos en marcha. Eso no cambió. Cambió la marcha y nosotros. Resulta insignificante que estamos en diferentes continentes, que cuando tú estás de día, estoy de noche, y quien se da a la bebida. Y cuando no estoy en casa significa que no estoy contigo, no estoy en marcha, ocupado con cualquier maricada, conmigo mismo, con lo mío.
Quiero estar en casa. Tiene que ser algo sencillo. Habrá una voz, un aliento suave, filología. Y habrá un mar de aguardiente, aunque nunca lo habíamos llevado al campamento. Y vamos a pensar qué cosa ahogar ahí. Para empezar algo insignificante: ¿a nosotros, continentes, zonas horarias? ¿La magia negra y la brujería femenina? Vamos a pensarlo.




[1] Aleksandr Serguéyevich Pushkin (ruso: Александр Сергеевич Пушкин; Moscú, 26 de mayo./ 6 de junio de 1799.-San Petersburgo, 29 de enero/ 10 de febrero de 1837.) fue un poeta, dramaturgo y novelista, fundador de la literatura rusa moderna. Su obra se encuadra en el movimiento romántico.
[2] Bulat Okudzhava (ruso: Булат Окуджава; Moscú, 9 de mayo de 1924 – París, 12 de junio de 1997) fue un cantautor ruso de origen georgiano, uno de los fundadores del género ruso llamado «canción de autor». Escribió unas 200 canciones, mezcla de la poesía y las tradiciones folclóricas rusas y el estilo chansonnier francés.
[3] Los montes Urales (en ruso, Ура́льские го́ры, Urálskiye gory) conforman una cordillera montañosa que se considera la frontera natural entre Europa y Asia
[4] Carelia, o Karelia es una región histórica-geográfica situada en Europa nororiental, patria de los carelios, un pueblo que vivía en una vasta área actualmente compartida entre Finlandia y Rusia.

Griselda García (Buenos Aires, Argentina 1979) y Olga Kalmykova (Ivánovo, 1979)

Griselda García (Buenos Aires, Argentina 1979) Escritora. Co-dirigió la editorial de poesía La Carta de Oliver. Es colaboradora de la revista de poesía La Guacha. En la actualidad se dedica al dictado de talleres literarios de escritura creativa, narrativa y poesía. Poesías: Alucinaciones en la alfalfa (2000) El arte de caer (2001), La ruta de las arañas (2005), El ojo del que mira (2009). Narrativas: Hermanas Ninfas (1998), Sandra (1999), Todo es extraño a mis ojos            (1999), La madre del universo (2012). Mi pequeño acto privado (2015) y Ahora (2016).



SU SOMBRA

El flaco vivía en la parte de atrás de un taller mecánico. Yo a veces iba y le cocinaba. El olor a aceite de auto era constante. No tenía ollas, así que usaba una lata de dulce de batata. Esa tarde él no había llegado. Me quedé charlando con Néstor, el mecánico. Estaba desarmando un motor.
 — Cebate unos mates, nena. La Loba se ponía cerca para que le hiciera caricias. Hablamos del clima, de las últimas peleas de Iván. Le pregunté:
 — ¿Tus chicos, bien?
 — Al que no veo bien es al Iván. El flaco venía de una buena racha, así que no entendí.
 — ¿Pasó algo? Néstor apuró el sorbo. Miré sus eternas uñas negras.
 — Anoche estaba yendo para casa cuando me avivé de que no tenía los papeles del auto, volví para acá y cuando entré él estaba entrenando, no me vio. Me quedé espiándolo porque es sensacional...
 — No podés dejar de mirarlo.
 — ¡Es un espectáculo! En eso escucho unas voces, creí que tenía puesta la radio, pero no, era él, que le hablaba a la sombra: “Hija de puta, ni bien pueda te mato. En un descuido te mato. Cuando bajés la guardia, te la voy a dar. Te va a rebotar el cerebro, puta”. Me dio un cagazo que no te explico, como entré, salí. Llegó un tipo a buscar un repuesto y se cortó la charla. Pasé a la parte de atrás. Había un montón de botellas vacías en un rincón. El flaco lo llamaba “el cementerio”.
Me senté a esperarlo. Hojeé una revista vieja que tenía las páginas resecas. Después abrí el cuaderno. Había números y fechas. En una decía: Calentamiento 15 min., Carrera 9 Km., Sombra 2x3.30 min., Golpe al saco 3x3.30 min., Suiza 1x5 min., Asaltos libres 1x3.40 min., Peso, 50.3 GORDO. Escuché que entraba y dejé el cuaderno. Sonrió al verme.
 — Me dijo Néstor que estabas.
 — Qué hacés.
 — Muerto de calor. Se desnudó. Tenía un calzón negro rotoso que a mí me encantaba. Se le notaban las venas y las costillas. Y una cicatriz que le atravesaba el pómulo derecho. Me la había mostrado orgulloso. Lo único que me quedó del primer knock out, dijo.
 — Traje para cocinar.
 — Qué cocinar, estoy hecho un cerdo. Había etapas en las que no tomaba ni agua.
 — Estás igual que siempre. ¿No leés la balanza?
 — No me la nombres. Esa noche tenía pesaje y al otro día pelea.
 — Arroz con lentejas. Eso no engorda
 — dije y él protestó. Me gustaba el boxeo desde chica. Papá me llevaba a ver las peleas en la Sociedad de Fomento Villa Reconquista. Tuve un compañero de secundaria que seguía los pasos de su padre boxeador. Se llamaba Pablo. No pasamos de amigos porque a una compañera le gustaba ni bien entró al curso. Lo habían echado de varios colegios y eso nos encantaba. Iván se puso a hacer flexiones. Lo miré un rato y después no aguanté más: me le tiré encima. Qué hombre. Era algo irreal. El olor de su piel era una mezcla del aceite de autos, desodorante y transpiración. Me despertaba un instinto de ternura y salvajismo. Él vivía transpirado, y yo, en estado de exaltación. Lo hicimos de parados. El lugar estaba grasiento y el sillón tenía las pulgas de La Loba. Quise detener el momento, quise que no terminara nunca. Pero terminó. Enfiló hacia la botella de whisky y tomó como si fuera agua. Decía que le sacaba el hambre.
 — Necesito estar solo. Tengo que entrenar. Siempre quería quedarse solo después de hacerlo. La reacción era peor cuanto mejor había estado.
— Te preparo algo y me voy.
 — No quiero nada. A veces yo quería pasarla mal, así él no se deprimía. Tenía una tristeza ancestral. Formaba una nube negra a su alrededor. Un campo de fuerza. Con eso ganaba las peleas. Sus adversarios golpeaban contra un muro. Era habitual que noqueara en el primer asalto.
 — Lentejas, te hago. No engordan.
 — ¿No entendés que quiero que te vayas? Entendía, sí, pero a veces con entender no alcanza. De pronto sentí que algo caliente me bajaba por la nariz. Aparecieron una, dos, tres estrellas en el piso.
—Sangre — dijo y fue hacia el baño. Volvió con algo que presionó con firmeza contra mi cara. Me moví y la presión aumentó. No podía respirar. Traté de zafarme, pero él me agarraba la cabeza. Cuando empecé a patearlo, por fin me liberó. Al apartar la mano, vi que sostenía una toalla blanca. En la nariz me quedó algo como tierra reseca.
Ya está, tranquila. El miedo, a la vez, me paralizaba y me hacía temblar. Tardé en levantarme. Iván miraba el piso manchado con sangre. Percibía en todo el cuerpo la tristeza que irradiaba desde su pecho y llegaba hasta mí. Estaba lavándome la cara cuando la soga empezó a golpear contra el piso. Escuché murmullos y el siseo del aire.
—Hasta mañana—, saludé, pero no respondió. Saltaba de cara a la pared. La toalla con círculos rojos fue lo último que vi.



Olga Kalmykova (Ivánovo, 1979). 2002-2004 – participante de la alianza literaria juvenil de Ivánovo “La Base”. En 2010 se graduó en el Instituto Literario Gorky – el departamento de prosa, en el taller de A. I. Pristávkin, A. B. Anashénkov. Desde 2007 es miembro del círculo literario “Belkin” anexo al Instituto Literario Gorky. Publicó sus obras en la revista “Nevá”, antología “Belkin”, revista digital “El Prólogo”, “Gvideón”.

Traducción por Olga Slyunko.





Lú no se atrasaba. No era difícil para ella – fue el capitán del equipo escolar de basquetbol. Los muchachos corrían rápido.  De pronto porque Ale “el alborotador” estaba en un abriguito delgado, las mangas le quedaban cortas. La madre por ninguna razón le dejaba usar ropa buena para jugar. Era invierno, hacía un frío de locos. Y de pronto había que correr mucho. Los muchachos estaban callados. 
Ale y Fito tenían trece años, Nacho y Lú – doce. El cuarteto inseparable. Desde la niñez temprana. Casi toda la vida. Vivían en la misma calle, paseaban juntos. Ninguno de los muchachos le exigían menos a Lú en los juegos y travesías. A ninguno le ocurría eso, ni siquiera a ella misma. A pesar de que le empezó a salir el pecho, Lú negaba aceptarse como una niña. No tenía muchas ganas de correr. Además a no sé dónde. Pero ella reaccionó al “a ver si puedes”.
- Empuja, Fito. Está muy liso. – dijo bruscamente Ale.
En el patio de atrás, una ventanita pequeña estaba alumbrada en una pared negra por el vapor y la humedad. Para mirar adentro había que subir el escalón alto del fundamento. Del tubo cuadrado de ventilación que aparecía debajo de la visera del techo salía el vapor, lo que hizo acumular allí un pedazo de hielo. Unos metros alrededor estaba liso. Ale al fin logró escalar, y se quedó quieto en la ventanita.
- ¿Cómo está todo? ¿Se ve algo?
- Sí, - Ale bramó contento.
Fito y Nacho escalaron rápido al fundamento, se olvidaron de Lú. Ella hasta se alegró y quería arrancarse en silencio hasta la esquina, por suerte apareció el perro callejero Toby. Pero Nacho se volteó.
- ¿Dónde estás, Lú? ¡Mira!
Ella no tenía nada más que hacer que escalar. Por supuesto la ventana estaba sudada, pero se veía algo. Ahí está tía Vale con el culo delgado, por allí tía Gala con el pecho enorme, también la vieja Charo con Pérez, seguro que echó gases, porque todas las mujeres se pusieron a reír como siempre. “Menos mal que mi madre está hoy de noche en la fábrica”, - pensó Lú.
Cada semana se bañaban por aquí. Vivían en una casa  del pueblo, no tenían donde bañarse. Como todos los vecinos, ellas iban a el sauna pública del barrio. Lú veía desde pequeña a todas sus vecinas desnudas, ella estaba acostumbrada a ese ambiente, el vapor, el piso resbaloso, los tazones de aluminio y charlas de mujeres de diferentes edades, que a menudo se convertían en burlas.
- ¡Qué tetas tan grandes!
- ¡Mira ese culo!
- ¿Cuál? ¿De aquella gorda?
- Nooo, de otra, flaca…
Los muchachos hablaban sin parar, mientras Lú intuía un tono diferente en  sus voces, sentía, que no quería hablar sobre eso, mirar a la ventana o siquiera estar ahí. Le pareció que los muchachos estaban unidos y ella aparte.
- Lú, ¿cuándo te van a crecer unas iguales? – de repente le preguntó Ale. Los muchachos se pusieron a reír todos juntos.
- ¡Váyanse a la mierda! – ella  respondió inesperadamente para sí misma en voz baja y se bajó del fundamento. Los muchachos no le prestaron ninguna atención.
Lú volteó la esquina sin que nadie se diera cuenta. Toby se puso muy cariñoso y lo pudo acariciar cuanto quiso sin el habitual grito de su madre: “¿Para qué anda tocando al perro si está limpia?”. Se oían las voces de los muchachos. Lú miró para aquel lado, se volteó y fue caminando para la casa. Por el otro camino.




Pierre Castro Sandoval (Trujillo, Perú 1979) y Olga Slyunko (Blagoveshensk, 1987)

Pierre Castro Sandoval (Trujillo, Perú 1979) Ha publicado los libros de cuentos Un hombre feo (Borrador, 2010) y Orientación vocacional (Paracaídas, 2015). En el 2012 obtuvo el Premio Copé de Plata con su cuento “El río”. Pueden leer más historias suyas en su blog huesohueso.blogspot.com 



FLORA

Tres días a la semana me llamo Flora. Me llamo Flora y soy un ama de casa que compra en METRO con su tarjeta METRO y que debe en esa tarjeta 2579 soles. Lo sé porque una señorita con voz de fotocopiadora me llama por teléfono para recordármelo. Me llama tres o cuatro veces por semana. Cuando el teléfono comienza a timbrar, yo todavía soy Pierre y estoy leyendo. Cuando digo Aló, todavía soy Pierre y he cerrado mi libro. Pero una vez que ella toma la palabra, soy Flora y le debo 2579 soles a Metro. Naturalmente, yo le digo que se ha equivocado de número, pero ella asegura que tiene el número correcto y que yo debo ser Flora. Le digo que no, que ni siquiera conozco una Flora. ¿No es su mamá? dice la pendeja ¿su tía, acaso? No. ¿Está seguro? Bueno, la conversación continúa en la misma dirección un rato más. Cuando por fin cuelgo, intento volver a mi lectura, pero no puedo. Estoy pensando en Flora. ¿Quién será esa Flora? Al principio, me la imaginaba como un ama de casa simpática. Una gordita cuarentona y gastalona que sale de Metro con el carrito lleno y dos niños pequeños orbitándole las piernas. Pobre Flora, pensaba yo, debe andar corriendo como loca para juntar los 2579 soles. ¿Lo sabrá su marido? ¿La irá a zurrar cuando se entere? Su dolor era el mío. Sin embargo, a medida que las llamadas persistieron durante meses, incluso hasta invadir mis mañanas de domingo, la imagen de Flora se me fue deformando. Al primer mes le borré a los niños y se le fue como el 80% del encanto. Al segundo mes vacié el carrito de frutas y galletas coronita y lo llené de tintes LOREAL y alimentos dietéticos. Al tercer mes, reemplacé al marido opresor por un tímido esposo trabajador que se deslomaba para satisfacer sus caprichos. Y ya para el cuarto mes, me la imaginé divorciada y prófuga en el Caribe, tomándose una piña colada con dos morenos fornidos aceitándole y masajeándole la malagua. Gorda cachera, pensé, por tu culpa llevo meses sin poder leer tranquilo. La vaina es que hoy, la señorita que llama, ya no me ha dicho que se comunica de parte METRO, sino de un lobby de abogados. Carajo, es lógico. Supongo que tras tantos meses, ya se cansaron de esperar y están cazando a Flora como a una marrana en día de feria. Las vacaciones se le han acabado. La imagino -mismo Thelma y Louise- en un Ford Thunderbird, acelerando por una autopista mexicana con una docena de patrulleros siguiéndole el paso. La escucho reír demencialmente dentro del carro mientras mete la mano a una bolsa de doritos y jura que no la atraparán con vida. Eso es, le digo mentalmente, no nos atraparán con vida. La veo desesperar, salirse de la autopista, siento en mis huesos el traquetear de las llantas contra la arcilla del desierto, la sorpresa de los policías, veo el acantilado a través de sus ojos y finalmente el silencio del auto volando hacia el vacío. Entonces pienso: ya no sonará más mi teléfono. Ya nadie me llamará Flora. Y estoy feliz. Y sonrío. Y es también como morir un poco.





Olga Slyunko (Blagoveshensk, 1987) Graduada en la Universidad Lingüística de Moscú y en la Escuela de Drama de Herman Sidakov. Participó en diferentes proyectos de cine y teatro. Trabajó como escritora creativa en el proyecto “Los Fíxicos” de la editorial “Umnaya Masha” y participó en la creación de las ideas y el contenido de los libros para niños. En 2010-2014 trabajó de traductora y curadora de programas cinemáticos para el Festival de los Cortos de Moscú “Primera Obra”. Los últimos 4 años reside en Venezuela. En este proyecto es la traductora de los cuentos al español y compiladora de los cuentos rusos y latinoamericanos.




TOMA

“Georgito, ¿me puedes restregar la espaldita por favor?” – se oyó una voz coqueta desde el cuarto de baño medio abierto. Es uno de los primeros recuerdos vivos con ella. Era una flor exhalando aromas. “¿Esta floreciente mujer es su mamá?” – le preguntaban asombrados a su hija siempre cansada. Un esposo se ahorcó, el otro se dio a la bebida, pero ella seguía exhalando aromas. A ella le encantaban las fiestas ruidosas a la orilla del mar con las ollas y sartenes llenas de pasta “a la marinara”, pimentones rellenos, plov[1], diferentes ensaladas, panqueques – siempre había un montón de comida riquísima alrededor de ella, y por supuesto vodka casero hecho con las cáscaras de mandarinas, -- todo eso acompañado de la voz ruidosa del hijo adoptivo más querido: Igorechek. “¡Estoy tan borracha que no llego hasta la casa!» -- se oía desde los olivos silvestres de Crimea que nunca maduraban. “Amigos, vamos a tomar. ¡Eso nos une tanto!” – balbuceaba Toma y en su cara fluía una sonrisa juguetona e inocentemente traviesa.
Aquí está ella celebrando el Año Nuevo, teniendo sólo unos calzoncillos y sostén puestos, está bailoteando agarrada de las manos con su novio de turno apodado Rata. Ella es una dama de talla exuberante, él es una rata esquelética. Ella alza sus brazos frondosos y gira los pétalos de los dedos de un lado a otro.
Toma bailaba más con el alma que con el cuerpo. El cuerpo era muy voluminoso, con gran esfuerzo y ahogamiento lo arrastraba hasta el segundo piso del edificio de cinco pisos de los tiempos de Stalin, donde vivía en este entonces ya sola en un apartamento de dos cuartos con un balcón. En el pasillo, justo encima de la puerta de entrada, día y noche funcionaba una radio, que transmitía la voz querida de Igorek. Así se sentía con más alegría. Y bueno, al fin de cuentas no afectaba mucho las cuentas de la electricidad, ya que el vecino ayudaba a girar el medidor en la dirección contraria.
Aquí estamos otra vez donde la abuela, ella sirvió una mesa grande, congeló jolodets[2], hizo ensaladitas, destiló vodka casero, prendió con alfileres a la nuca un moño con sus propios pelos acumulados por años y ahora está luciendo feliz porque otra vez todo salió bien. “¡Con ánimo para la bola!” – grita ella con una voz aguda, alza las manos con los puños y los sacude con energía. Parece que está a punto de lanzarse a la lucha.
Toda la vida trabajó en una planta de construcción naval y cuando se retiró, se puso a trabajar de portera en un instituto marino más cercano a la casa. Nosotros pasábamos “de visita” donde ella, cuando no había nadie en el instituto, vagábamos por las aulas vacías y larguísimos oscuros pasillos, jugábamos al escondite en el guardarropas y retozábamos en el patio. Y además cuando la abuela tenía un turno nos gustaba pasar por su casa y ojear por horas las fotos viejas de blanco y negro buscando caras conocidas. La veíamos de buena planta, joven, atlética, con un lunar provocativo en la ceja. (“Me decían: “Ay, esas piernitas, como si alguien las hubiera tallado en un torno”, suspiraba ella de vez en cuando). Nosotras abríamos dos enormes cajones de calzado y medíamos por turno todo su contenido. Brincábamos en un sofá elegante con un montón de cojines rojos con dibujos, construíamos con ellos unas barricadas y diferentes casitas. Abríamos al azar la guía de teléfonos y llamábamos a cualquier número, diciendo a la gente desconocida diferentes groserías y colgando de inmediato… Después de nuestras visitas Toma cabeceaba: “Sodoma y Gomorra…”
En una de esas “incursiones” encontramos un verdadero testamento. Nosotros no entendíamos para qué servía, pero sabíamos que lo escribían antes de morir. Y me puse muy triste pensando que todo ese mundo iba a dejar de existir para siempre. No habrá alegría borracha de sobremesa en los días festivos, telenovelas latinoamericanas (¡Oh, Rosa Salvaje, Simplemente María y Manuela[3], cómo suelo extrañarlas en mi adulto estado mental!). No habrán barquillas deliciosas de crema cocida y cuentos sobre algunas viejas que no le agradaban para nada: «¡Dios mío, que te cagues y no tengas agua para bañarte!”
Ahora me queda de ella sólo un anillo de bodas que me dio durante nuestro último encuentro. Pero en mi corazón ella sigue con su risa aguda, sacudiendo los puñitos y girando los pétalos de los dedos en la danza exaltada del alma.







[1] Plov es una especie de paella rusa.
[2] Jolodetz (en ruso «холодец») es caldo de carne congelado.
[3] “Rosa Salvaje”, “Simplemente María”, “Manuela” son nombres de telenovelas latinoamericanas populares en los años 90 en Rusia y Ucrania. 

Alexis Mattey Balza (Mérida, Venezuela 1968) y Anna Kozhurina (Moscú, 1975)

Alexis Mattey Balza  (Mérida, Venezuela 1968) Estudios de Administración, Psicología, Música. Compositor. Dedicado investigador de fenomenología paranormal. Escritos y publicaciones : Aparte de su discografía que comienza a la edad de 15 años, escribe en sus tempranos 20s CUENTOS DE LA NOCHE, más adelante tiene la columna EL LADO OSCURO en un periódico local, que luego pasa a nacional. Actualmente "El ojo de Ninivé", "Historia del Rock en Mérida" "Aprende a tocar guitarra tocando Rock" "El método del bebé" (método de aprendizaje de inglés) "El mensaje que no quieres oír".


LA BARRANCA

DEDICADO A MI PADRE: JOSE IGNACIO MATTEI
Y A LAS MEMORIAS DE: EDMUNDO MATTEI Y ALEXANDER CAMACHO


No tengo muchos recuerdos de mi infancia, no sé si porque mi memoria los bloqueó o
porque no pasó nada realmente relevante como para recordarlo.
Solo algún juguete, uno que otro cuento de hadas, la vieja casona en que viví y sus fantasmas.
Mis padres son hijos únicos y yo fui el primero de sus hijos, es decir, ni tíos, ni primos ni hermanos por un buen tiempo.
La casa… la casa era un pasillo largo desde la calle hasta una terraza que daba hacia un barranco, la puerta era prohibida, el barranco era prohibido.
La gente de la casa trabajaba todo el día y aunque había una colección de libros grandes con cuentos infantiles, yo no sabía leer, ni la muchacha que me cuidaba tampoco…
José sentado en el piso le pregunta a Olimpia:
-           ¿Olimpia qué dice aquí?
-           Yo no séeee
-           ¿Por qué no sabe? Si es boba
-           Entonces usté es bobo también
 Así que me conformaba con mirar las pocas gráficas a blanco y negro, duendes, lobos, ogros devorando niños, espíritus… ¿y cómo sabía yo si era solo yo el que veía lo que veía, si aparecían también en los libros y nadie me decía lo contrario?
Yo sabía que desde el puente que quedaba encima de la barranca la gente se lanzaba para matarse, nunca me dejaron ver, tampoco nunca entendí eso.
Había días en que la barranca se llenaba de neblina y a mí me gustaba mirar, a veces veía gente herida con la ropa rota y ensangrentada caminando entre la neblina  y me daba miedo.
Yo les lanzaba bananas para que se fueran, “Tal vez vienen entre la neblina” pensaba yo, “Como en los libros”, “Menos mal que esos no suben la barranca”  al menos de día…
José comiéndose plácidamente una banana, observa la barranca y Olimpia se acerca:
-           ¿Qué tanto mira usté’ pa’ ya’ abajo?
-           A los locos
-           ¿Cuáles locos?
-           ¡Esos que andan por ahí todos sucios!
-           Yo no veo nada (asomándose)
-           Espérese un ratico a que baje la neblina pa’ que vea
-           Ta’ chiflao’ usté, esos deben ser obreros que se la pasan sucios...
-           No, no son obreros ya va a ver (negó José mientras movía la cabeza)
Pero una noche, mientras dormía en el mismo cuarto con Felicia (Feli) una ahijada de mi abuela que vivía en casa porque estudiaba en la Universidad; tarde, muy tarde me despertó un llanto, más que un llanto era un lamento, le acompañaban más voces gritando agónica y desesperadamente. Al parecer nadie más lo oía porque nadie se asomaba ni hacía nada.
Me levante y comencé a llamar a Felicia: “Feliii, Feeeeli despiértese oiga eso” le decía yo en susurro, pero ni se movía, murmuraba algo y seguía durmiendo.
Entonces lo que venía a mi cabeza era irme al cuarto de mis abuelos, allí habían imagines de Santos y cruces, eso ahuyentaba las cosas malas, al menos en las películas de Boris Karloff.
Pero ese día cuando salí al pasillo y miré hasta el fondo, estaba una mujer, suspendida en el aire y con un vestido de novia sucio y roto, como si hubiera corrido por el barrial de la barranca, el cabello era largo y desordenado y le cubría la cara, tenía las manos sucias y goteaban sangre. Avanzaba por el pasillo sin mover los pies, sin tocar el suelo suavecito y rápido.
Yo traté de llegar al cuarto de mis abuelos antes que ella, pues estábamos cada uno en los extremos opuestos del pasillo y el cuarto justo en medio. Cuando llegué (afortunadamente antes que ella) vi los velones iluminando la imagen de Jesús ensangrentado en la cruz, eso tampoco me reconfortaba mucho pero si la gente grande decía que era bueno, yo tenía que creer. Una vez se me ocurrió que él podría ser alguno de los ensangrentados que yo veía entre la niebla y tal vez a la distancia yo no le reconocía… entonces dejé de lanzarles bananas...
Esa fue la primera de muchas noches que la vi, siempre me daba miedo...
Un Domingo me levanté muy temprano, todavía no habían comenzado a funcionar los canales de televisión a esa hora (para esos días habían solo dos canales en blanco y negro que trabajaban de 8:00am a 12:00pm o algo así). No se veía nada más que los puntitos en blanco y negro y el característico ruido… me quedé mirando la pantalla  esperando que comenzara “la transmisión del día” como decían los entendidos, con el Himno Nacional pero yo esperaba con ansia para ver “Alegre despertar” (caricaturas), en ese momento vi algo que me heló la sangre, unos segundos de pesadilla que marcaron mi vida hasta el día de hoy…
La mujer, la de la ropa rota y manos ensangrentadas esta vez apareció en medio de la pantalla, moviendo la cabeza de un lado a otro como diciendo “no”, lo hacía constante y rápidamente a tal velocidad que ningún ser humano hubiera podido mover la cabeza a tal velocidad.
Me quedé sin aire, sin llanto, con la boca abierta para gritar pero sin voz, ella también abrió la boca como remedándome.
Poco después, mi gata Pepita amaneció sin cabeza, después vi a la mujer parada en el techo de la casa con la cabeza de Pepita en la mano… peor aún, poco después vi a mi gata caminar por el orillo de la ventana de mi habitación; me alegraba verla, pero cuando me acordaba que estaba muerta me ponía a llorar porque ver a Pepita, solo anunciaba que esa mujer estaba por salir.
Una vez tuve la imperiosa necesidad de ir al baño en la madrugada, todavía recuerdo la sensación de mi pijama de algodón (que me quedaba chica)  y caminar en calcetines por el piso helado de las frías madrugadas de mi pueblo, a oscuras, con el corazón en la boca y lágrimas en los ojos (estoy seguro de que mis padres nunca entendieron lo torturante y traumático que fue aquello).
Ráfagas de aire helado cruzaban por delante y detrás de mí. Por fin parado frente al toilette a oscuras (por mi estatura no alcanzaba el interruptor de la luz) percibí que la mujer estaba allí, se oía a lo lejos un hombre llorando y una mujer como aguantando una risa demente, se fue acercando lentamente a mi espalda... ¡el baño era tan pequeño! El corazón se me salía por la boca, sabía que se acercaba porque su cuerpo emitía el sonido como de un panal de abejas y veía un poco su reflejo por un espejito que estaba sobre la toilette... Cuando ya estaba sobre mí, una ráfaga helada atravesó mi cuerpo, lo que sentí en ese momento debe ser lo que siente la gente al morir, no pude contener un grito largo que despertó a todos y luego me desmaye. Me castigaron, no me creyeron y más nunca me dejaron ver películas de Boris Karloff. Tampoco quise más nunca levantarme en la noche para ir al baño. Me orinaba en la cama, me regañaban me castigaban. Mi madre me decía: “Usté’ tan viejo, no dale’ vergüenza” y no entendía por qué me decía “viejo” me sentía mal…
Me imaginaba a mí mismo como la gente que caminaba entre la niebla, sin ojos, con el cuello quebrado, con aquella expresión de dolor…
Entonces me paraba a orinar aterrorizado aun oyendo el llanto de la mujer, que se detenía solo para que comenzara el mío…Orinaba entre las matas del patio frente a la puerta de mi cuarto tratando de no mirar a la terraza, no soportaba mirar, solo lloraba y orinaba de frio…de miedo…
Mientras cenan los padres de José comentan:
-           Betty, yo no sé pero lo de Joselito me está comenzando a preocupar, ese muchacho está muy pequeño para inventar tanto.
-           Pa’ mí que eso es esas películas que él se pone a ver de noche que le dan pesadillas.
-           Sí, yo también pensé eso, pero lo que él cuenta es mucho más fuerte que lo que aparece en esas películas, y no creo que lo haga nada más por llamar la atención, yo lo veo muy nervioso.
-           ¿Habrá que llevarlo con un psicólogo?
-           A lo mejor.
José niño está dormido en el piso, de día, entre algunos juguetes y una dama que está de visita en la casa lo observa en el momento que se despierta:
-           Joseito que dormilón eres, ¡mira donde te quedaste dormido chico!
-           Es que yo no duermo mucho.
-           Pero los niños deben dormir bastante para recuperar energías.
-           Es que aquí de noche sale una señora que me asusta.
-           A ver ¿Cómo es eso? ¿Tú le has contado eso a tu mama? Cuéntame a mí.
-           Sí le he dicho pero no me cree, ella dice que es porque yo veo las películas de Brácula
-           Ja, ja, ja ¿Las películas de quién de B R Á C U L A? Ja, ja, ja
-           ¿Vio? Uste’ tampoco me cree, ¡Pa’ que le cuento nada!
-           Brácula ja, ja, ja
José recoge un oso de peluche se monta en su triciclo y se va frustrado.
El psicólogo habla a los padres de José en su consultorio:
- Este tipo de cosas no son fáciles de manejar, pero independientemente de lo que José ve, exista o no, le está causando un gran daño psicológico y está perturbándole el sueño lo que es terrible. Yo le recomendaría que le presten atención cuando él diga ver u oír algo, pero principalmente, debe alejarse de la casa para que recupere el sueño porque se está debilitando mucho y eso aparte del stress que a esa edad no es nada común, le puede afectar su salud física también.
            José adulto camina por la cocina entre escombros, voltea hacia la ventana y recuerda:
Estaba Olimpia lavando trastes en la batea que era el lavaplatos de antaño. El sonido del choque del jarro de peltre con la olla vieja y el chorro de agua encima eran el fondo de las preguntas triviales de niño que le hacía a Olimpia desde mi triciclo, de las cuales la mayoría nunca eran contestadas, pero de repente, por la ventana ubicada sobre la batea que daba hacia el patio que quedaba en un desnivel profundo, se iba levantando en el aire la imagen de aquel espectro, llevaba en su mano izquierda, agarrado por el cuello de la camisa, el maltratado cuerpo de un hombre joven, el cual más temprano ese día, le había visto caminando nerviosamente de un lado al otro del puente sobre la barranca, más tarde, Olimpia gritaba alarmada: “Se tiró alguien del puente Dios mío, ¡Joseito vaya pa’ dentro no vea eso!”
José niño observa a su abuela prendiendo una vela en el altar de su habitación:
-           Abuela Flor, ¿Usté me puede regalar una vela?
-           ¿Qué va a hacer usté con una vela papa?, va y se quema.
-           Pa’ poner en mi cuarto.
-           ¿Y por qué quiere usté’ poner una vela en su cuarto?
-           Pa’ que la mujer esa que sale de noche no me moleste más.
(La abuela voltea y lo mira a los ojos con una sonrisa disfrutando de la inocencia de José)
-      Venga acá (mientras arrimaba una silla para que José            
        alcance el altar), vamos a prenderle aquí una vela usté y
        yo al niño Jesus pa’ que lo proteja ¿Sí?
José ojeroso, sonríe esperanzado y procede con su abuela a encender la vela.
Así pasaron los años y yo mismo me convertí en un fantasma, o por lo menos eso parecía, no dormía, no comía ni bebía para no ir al baño hasta que por fin decidieron llevarme a la capital, pero poco antes del día de mi partida, la vi, entonces la enfrenté “Ya no me importa que este allí porque me voy” le grité... y movió la cabeza de un lado a otro en señal de negación mientras hacía unas señas con los dedos extremadamente temblorosos, pero no la mano en sí, era como ver una imagen borrosa en la televisión que en momentos se llega a ver doble… Me fui, hice mis estudios y terminé en la capital, pasé años tratando de descifrar aquellas señas y tratando de discernir si aquello que yo vi fue fruto de la imaginación de un niño o un verdadero encuentro con otro plano de existencia...
Estudié este tipo de fenómenos por años y concluyo que fue lo que se conoce como un alma en pena, un espíritu torturado, un ánima... por eso hoy día, a mis 37 años volví a la vieja casona donde viví mis primeros años de vida, y aquí estoy… mirando la barranca invadida por la neblina desde la terraza que ahora me parece tan pequeña, y vine hoy porque logré con mucho esfuerzo descifrar aquellas señas, eran una fecha: día, mes y año…hoy y quise enfrentar y entender por q…
-En ese momento, violenta y repentinamente, de entre la neblina, con la velocidad que un ave de rapiña atrapa un ratoncillo, unas manos huesudas surgen de la niebla y atrapan a José por el cuello arrastrándolo hacia el vacío envuelto en un vestido de mujer sucio y harapiento mientras iba perdiendo la consciencia y observaba cómo su terraza se alejaba en lo alto…
Tal vez en ese momento pudo entender por qué la gente  se “lanzaba” desde el puente y quiénes eran aquellos que caminaban en la niebla...pues al poco... era uno de ellos…

NOTA DEL AUTOR:
BASADO EN LOS CASOS DE LA VIDA REAL DE: ALEXIS MATTEY, EDUARDO CENTENO (Q.E.P.D.), ALEXANDER CAMACHO (Q.E.P.D.)



Anna Kozhurina (Moscú, 1975) En 1998 se graduó de la Academia del Servicios Públicos y Construcción de Moscú. En 2015 - de la Academia Estatal de las Humanidades de Rusia especializada en la historia del arte de Europa Occidental e historia del arte ruso. Trabaja de directora de ventas. Miembro del círculo literario “Belkin” anexo al Instituto Literario Gorky.

Traducción al castellano Olga Slyunko

VOLAR

Me desperté por un dolor sordo en las patas y alas. Me acordé del paseo despreocupado por el nuevo pasto en los rayos del sol caliente, como después algo pesado me aplastó atrás, como mis hermanos se remontaron al cielo pegados haciendo ruido. El gato gruñía con rabia, me rompía y aplastaba con su peso, me clavaba con sus garras y al fin me tiró lejos, habiendo saciado su interés de jugador. No podía volar, sólo podía arrastrarme despacio, mientras el sol empezó a calentar desesperadamente. Aguanté hasta el arbusto sofocándome, me achique y ya todo me daba igual, lo importante era irse a la oscuridad lo más pronto posible, hundirse, chorrear, confluir con el silencio y nunca más pelear contra nada. Pero no me funcionó, volví a despertar. Había pajaritos humanos alrededor, arrullaban algo. Algunos como naranjas, otros azulados, uno con luminiscencia dorada. El naranja se acercó veloz, me pateó, retrocedió. Los otros se pusieron a hablar,  entonces el Dorado extendió sus alas, cerró el paso a los demás. Hizo unos pasos suaves por el pasto, se bajó y alargó sus alas pequeñas rosadas hacia mí. Empezó a sentirse calor materno, olió a galletas. Él toco mi cabeza con ternura, volvió la cabeza de un lado hacia el otro como algunos de mis hermanos, aleteó a otros pajarillos y empezó a arrullar en voz alta. Se acercaron todos, empezaron a hacer ruido. El Dorado tiró al piso parte de su plumaje delante de mí, me movió a una superficie blanca con ternura y se levantó cargándome. Tendría que asustarme, pero no tenía fuerzas para eso. Los pajarillos corrían al lado, chillaban, miraban… Después la banda se quedó atrás, y el Dorado me entró con cuidado, echando miradas preocupadas. Pasamos la casa fría y oscura, los espacios encerrados y nos encontramos en un lugar claro y bueno, donde me colocó en el piso y me dejó. Ahí fue cuando le di tregua a la vida, me adormecí. Cuando me desperté él estaba al frente mío, como una paloma de verdad, miraba con atención. Yo ya tenía al lado una tapita con agua, me acercó en su ala las semillas. ¡Y recordé esa ala! En invierno siempre se metía en la ventanita con las migas salvadoras y granos. Al principio teníamos miedo, pero el hambre nos reconcilió con el peligro. Llegábamos volando a esa ala y los más valientes picaban de ahí. Sólo que estaba resbaloso, porque nos deslizábamos aruñando el borde de la ventana. Después el pajarillo lo arregló todo: hizo algo para que no nos deslizáramos. Todo el invierno nos reuníamos en su casa, sólo necesitaba abrir la ventana. Y después nos olvidamos de él.
El Dorado tocó suavemente con algo fresco mi pata. Yo la quité rápidamente, me quemaba. Él cabeceó, habló algo en su lengua en voz baja, y ahí lamenté que no entendía nada. Y después me dormí otra vez. Pasaban días, me acostumbré a mi destino. El Dorado traía diferentes comidas, miraba qué me gustaba más, sonreía, limpiaba, me frotaba las heridas y refunfuñaba en su idioma. Me hizo un nido en un lugar más frío y abierto, al lado de la primera habitación. Ya me empezaba a olvidar de la palomera, de los compadres y los vuelos. Volaba sólo en el sueño. Incluso me daba miedo mover las alas, ni pensarlo, hasta que el Dorado, balbuceando habitualmente, me arrastró a la calle. Otra vez nos rodeó una banda de los pajarillos humanos. Hacían ruido, agitaban las alas. Primero paseaba sentado encima de él y después caminaba con cuidado por el suelo fresco. En uno de los paseos el Dorado extendió sus alas ridículas y dijo algo balanceando. Pregunté: ¿volar? Y él respondió: ¡volar! ¿Cómo lo logró? Hasta ese momento no entendía nada de sus palabras. Él se puso a deslizar por la tierra, corrió. ¿Acaso va a despegar? El Dorado se paró y miró hacia mí. Dijo otra vez indicando a mis alas: ¡volar! Yo también tomé carrerilla un poco, agité las alas, pero esas se doblaron de alguna manera, en general no logré hacer nada. Pero el Dorado era testarudo. Cada paseo me contaba algo, mostraba, desplegaba sus alas, corría alrededor, a veces hasta me lanzaba hacia arriba con cuidado. Las alas dolían cada vez menos, y empecé a subir al cielo. Siempre me volteaba y le gritaba: ¡Dale, vente también aquí! Pero el Dorado sólo batía sus alas ineptas y lucía desde la tierra, dando vueltas por el pastizal con alegría. ¿Pero quién me va a decir que no volaba? Volaba, pero por tierra. Mis hermanos lo miraban desde el techo y se asombraban. Algunos dudaban de nuestra idea. Escuché sus bromitas: mira, el nuestro se volvió de circo, ¡divirtiendo a ese humano! Hasta los grises azulados se reían un poco, aunque nosotros nunca los considerábamos palomas de verdad. Empezó a hacer mucho calor, y esperaba con impaciencia a nuestros paseos. Nadie me podía prohibir a volar desde la casa, pero igual todavía no lo hacía. Aunque volara muy alto en la calle, igual siempre aterrizaba al hombro de mi amigo. Un día el Dorado dijo: necesitas ir donde tu gente, a la casa. Lo entendí todo, todas sus palabras, y me puse a dejarlo cada vez más, y regresaba menos. Tenía que estar con los del cielo, y estaba. Un día recordé que hace rato no había visitado a mi amigo, ¡y me pasaron tantas cosas nuevas! Planeaba entre las casas y no lo encontraba. Todas las casas eran parecidas. Y miles de ventanas me miraban esperando algo. Me acercaba a uno y a otro, pero en ningún lado se veía la luminosidad. Rezaba que me diera una señal, pero no había nada. Me agitaba entre esas piedras asustado, y el Dorado me vio, me aleteó. Como si hubiera brillado un rayito, y me lancé hacia él. Me senté al frente y me miraba, brillando con gotas de alegría. Vi sus ojos encenderse, sus alas moviéndose, se arrugó por el sol y dijo:
- Es una lástima que no puedo volar contigo en el cielo. Me vas a hacer falta.
- Puedo quedarme.
- No, tú tienes que volar, amiguito. ¡Tienes que Volar!


Y yo vuelo.




Renata Durán (Bogotá, 1950) y Alla Samokhina (Moscú, 1964)

Renata Durán (Bogotá, Colombia 1950). Ha publicado los libros   Muñeca rota (1981), Oculta ceremonia , (1985), Sombras sonor...